CINCO AÑOS AQUÍ
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El otro día me preguntaron si me sentía tecatense. Entonces, cuando quise sacar la cuenta del tiempo que llevamos viviendo aquí, me acordé que mañana cumplimos cinco años. Hemos transitado por muchísimas experiencias, el nacimiento de un hijo como parte de ellas, que ya siento muy lejano aquel día en que nos comieron los mosquitos por terminar de empacar a prisas para subir todo al camión de mudanza al caer la noche en Monterrey.

El 11 de julio del 2011, un día como hoy pero hace cinco años, nos levantamos muy temprano por la mañana creyendo que ya teníamos todo listo y que sólo nos faltaban algunos detalles. Gran error, porque los objetos pequeños, todo mundo que haya pasado por una mudanza lo sabe, son los que se lleva más tiempo empacar. Así que ese día estuvo dedicado al cien por ciento a las cajas y la cinta canela y a hacer el mejor esfuerzo por ganarle minutos al reloj mientras Emma jugaba con Maya, hija de mi mana Sisy que ese día fue a echarnos una mano y a tejer los últimos recuerdos juntas en esa casita de ladrillo rojo que amábamos en el centro de San Pedro y que todavía hoy recuerdo con un dejo de nostalgia.

Entre charlas, carcajadas, comida rápida y prisas por terminar de acomodar todo porque nos íbamos muy temprano al día siguiente, de pronto nos dimos cuenta que el sol ya se había metido y yo pensé que así es como me había sorprendido mi último atardecer en esa tierra que me adoptó por casi quince años: colocando en cajas una vida de sueño, una que pensé duraría sólo mi preparación universitaria y que se extendió hasta casarme con el amor de mi vida, tener una hija y crear lazos de cariño con tantos amigos y con esas montañas que me abrazaban cada mañana antes de ir al trabajo.

Por fin conseguimos meter decenas de paquetes, muebles y hasta nuestro viejo Corolla en el trailer de la mudanza, abracé a mi amiga y en ese abrazo me despedí de toda la gente y todas las crónicas regias y muy entrada la noche tomamos un taxi rumbo al hotel que nos hospedaría cerca del aeropuerto. Caímos rendidos los tres en una sola cama por unas cuantas horas porque al alba nos levantamos para tomar el avión con el que cruzaríamos el puente de dos historias trascendentales en nuestras vidas.

A través de la ventana de mi asiento me despedí del Cerro de la Silla y de las verdísimas cordilleras de mi Sultana del alma, a la que antes de irme me eché a la bolsa junto con el sueño de una nueva vida para mí y los míos, más cerca del mar y del desierto, más cerca de todos los que amamos y más cerca de lo que concebimos David y yo como una vida tranquila y placentera. En el equipaje llevábamos también una búsqueda profunda, aunque en ese vuelo de dos horas y media no fuéramos aún muy conscientes de ello. Las densas nubes y la canícula de Monterrey desde allá arriba seguían siendo mi casa, porque no conocía otra y porque tardaría aún algunos meses en encontrarla.

Esta es mi segunda mudanza, pensé, y así como la primera, esta seguramente me llevará también a encontrarme a mí misma un poco más, a descubrir la madera de la que estoy hecha y los anhelos que en algún punto del camino dejé olvidados en un cajón de la memoria. Hoy, cinco años después, celebro las batallas y tropiezos así como los triunfos y las glorias porque hoy, después del primer hogar que me vio nacer y el segundo que me regaló una familia, he ganado un tercero en donde he sentido a mi espíritu crecer.

Entonces sí, soy tecatense, como también soy mexicalense y regiomontana y en un futuro lo que la vida me depare, porque cada casa la he sentido mía y en cada una de ellas he aprendido a ser más feliz.