CARTERAS MY PUMPKIN... Y LO QUE CREO SOBRE LA ABUNDANCIA

CARTERAS MY PUMPKIN... Y LO QUE CREO SOBRE LA ABUNDANCIA

Nunca se me va a olvidar una vez que caminaba por una tienda departamental junto a mi papá, cuando de pronto me dice: “Cómo me encanta venir a estos lugares, así me doy cuenta de la bola de pen….das que no necesito”. Y no exagera, aún con su francés finísimo, yo lo conozco y no exagera. Mi padre es de esas almas viejas que necesitan muy pocas cosas para ser feliz y, como dice alguna frase que leí por ahí alguna vez, las pocas cosas que necesita las necesita poco.

De tan sobada, la palabra “abundancia” se nos antoja a veces hueca o con un sentido que quizá no alcanzamos a comprender del todo. ¿Abundancia es tener todo el mundo de cosas materiales? ¿O al menos tener la capacidad de adquirir todas las que se nos antojen? Claro que podemos ponernos místicos y decir que las posesiones que realmente importan son las espirituales y que esas podemos tenerlas todas porque no tienen precio. Y es verdad, pero en este caso me refiero a la abundancia de cosas materiales, porque claro que somos espíritu, pero también somos materia y necesitamos un techo, un plato de comida y un abrigo cuando hace frío.

En mi vida he conocido a personas con todas las capacidades económicas. A gente con mucho dinero, algunas que gastan muchísimo y otras que son más ahorrativas, a gente que con su trabajo gana sólo para comprar lo indispensable (algunas de ellas de cualquier manera gastan lo que no tienen) o a otras a quienes no les alcanza ni siquiera para comer o acceder a los servicios más básicos. Entre las desigualdades más apabullantes que aquejan a la humanidad está precisamente ésta relacionada con el dinero: la mayoría de los recursos económicos están en manos de unos cuantos mientras millones de personas mueren en la escasez. Hay pocas cosas que me parecen más absurdas que cuando leo que hay una familia con diez palacios, nueve de ellos seguramente vacíos, mientras hay otras miles muriendo de hambre en otra punta del mismo planeta.

La abundancia material está ahí para todos, porque todos hemos nacido aquí y tenemos el mismo derecho, lo malo es que nos hemos organizado en la repartición tomando en cuenta todo menos nuestros derechos humanos, enfocándonos más en la ambición y los intereses personales. Y a lo mejor el señor de los diez palacios tiene una fundación para apoyar a niños con cáncer y es muy bueno que la tenga, pero no combate el problema de raíz. Asumiendo el riesgo de que lo que digo suene aventurado, creo que la inequidad social nace de nuestro ancestral vacío espiritual, el cual hemos querido saciar con la posesión de bienes materiales. Hemos sido capaces de alterar el delicado orden de la naturaleza, de arrasar con pueblos enteros y de perder la sensibilidad ante lo que le ocurre al otro gracias a nuestra prisa por consumir.

Hay una carrera para ver cuánto puedo comprar y parece que ésta se exacerba con el paso del tiempo y la cultura de lo “úsese y tírese”. En algún documental que vi hace tiempo se me cayó la quijada de sorpresa cuando vi cerros (ajá, cerros) de ropa desechada en basureros públicos gracias a esta modalidad de comprar cientos de blusas porque al cabo que ahora son baratísimas y no nos duele tirarlas después de un par de usadas. Y en el documental no vi, pero pude imaginar, los cerros de tostadores, de carros, de lavadoras, de teléfonos celulares y de sillones que después de un corto periodo de tiempo ya nadie necesitó… porque ahora necesitamos uno nuevo. ¿Qué es exactamente lo que queremos satisfacer cuando compramos? ¿Es de verdad una necesidad de alimento, vestido, entretenimiento o seguridad o es algo que va más allá de lo que vemos por fuera? Porque esas necesidades, las más internas, quedarán igual de insatisfechas después de doscientas toallas para el baño. Es cuando vendría bien procurarle al espíritu eso que realmente nos pide, antes de que tengamos que echar al espacio los cerros de toallas que ya nadie quiso.

Vivimos en la abundancia, no hay más que ver a nuestro alrededor para comprobarlo, y no estoy en contra de consumir todo aquello que nos guste y nos haga sentir bien, yo misma a veces compro algo sólo porque me gustó y no tanto porque esté satisfaciendo una necesidad básica. Lo que creo es que a veces se nos olvida honrar el proceso por el que tuvo que pasar eso que nos hemos comprado, que siempre involucra recursos naturales y el trabajo de alguien como tú y como yo y no desecharlo a la primera de cambio sólo porque tenemos la capacidad de comprar algo más. Retapizar una sala antes de comprar una nueva, buscar el tornillo que le falta a la licuadora antes de tirarla, reutilizar la ropa que ya no queremos y hacer colchitas, servilletas, mandiles o bolsas, tomarnos la molestia de llevar los libros que ya no necesitamos a una biblioteca pública, visitar los bazares de segunda mano y sorprendernos con los tesoros que pueden encontrarse ahí para reusar antes de perpetuar esta infinita cadena de producción masiva. Me refiero a intentar, en la medida de lo posible, prolongar la vida de las cosas y no restarles valor sólo porque ya tienen mucho tiempo en nuestras vidas.

Así como en la alimentación, en la crianza, en el trabajo, en el autocuidado y en todas las actividades que llevamos a cabo, la conciencia plena en el consumo de bienes materiales también impacta directamente en nuestro planeta y en la calidad de vida que tenemos todos en ésta que es nuestra única casa. Creo en la abundancia en mi vida, pero también en la responsabilidad que tenemos para disfrutarla.

Gracias siempre por leer.

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CARTERAS MY PUMPKIN: 

100 % algodón 

solapa acolchada 

velcro para cerrar 

un ziper interior

MANDALA (INTERIOR ROSA Y LIMÓN), AGOTADAS: 

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PRIMAVERA (INTERIOR GRIS Y VERDE), AGOTADAS:

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SOFÍA (INTERIOR AQUA Y VERDE), AGOTADAS:

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MAYA (INTERIOR FLORES Y VINO), AGOTADAS:

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AMELIA (INTERIOR FLORES Y GOTAS), AGOTADAS:

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OTOÑO (INTERIOR BEIGE Y ROSA PALO), AGOTADAS:

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EMMA, AGOTADAS:

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INVIERNO, AGOTADAS: 

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BURGUNDY, AGOTADAS: 

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SUNSHINE, AGOTADAS: 

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