Bolsitas con jareta... y el recordatorio de lo que quiero

Bolsitas con jareta... y el recordatorio de lo que quiero

Hace poco fui con Matías a una clase muestra de estimulación temprana y viví lo que seguramente muchísimas madres vivimos aunque sea en una ocasión en nuestra historia de crianza: mi hijo, santo e inmaculado (como vemos todas a nuestros bebés de un año), le pegó a otro para quitarle un juguete que él quería. Además de la obvia vergüenza que sentí con la otra mamá y el consabido “No Matías, eso no se hace”, la verdad más por un protocolo entre adultos que porque el niño en verdad comprenda, me quedé pensando en la habilidad que tenemos al nacer de conseguir lo que queremos, lo cual, además, tenemos bastante claro.

Todavía a los tres, cinco, ocho años o algunos suertudos hasta justo antes de la pubertad, los niños saben perfectamente lo que quieren y lo que no quieren. A medida que van creciendo vamos, como dice Serrat, “domesticándolos” para que puedan comportarse en sociedad y sugiriéndoles (o a veces imponiéndoles) nuestros gustos y nuestra manera particular de ver la vida y de desenvolvernos en ella. El niño varón que disfruta jugar a la casita deberá deshacerse de esos gustos, igual que la niña que quiere pintarse el pelo morado o salirse de su clase de natación porque le choca. Y está bien prepararlos para la vida en sociedad en la que es bueno ser empáticos, generosos, agradecidos y tolerantes, pero a veces en el camino perdemos de vista que el niño tiene también una individualidad y no nos damos cuenta que ponemos en riesgo la expresión total de su ser en aras de una buena educación. Que aprendan a decir “buenos días” y a no pegar cuando quieren conseguir algo está bien, pero que aprendan a dar gusto a los demás antes que a ellos mismos es lo que pondría en tela de duda.

Porque luego crecemos y para actuar nos preguntamos primero qué quiere mi jefe, qué quiere mi madre o qué quiere mi pareja y en base a ello nos conducimos por la vida. Desde muy chicos se nos olvidó qué era lo que queríamos y en la adultez cuesta trabajo rescatarlo. ¿Qué quiero yo? ¿Qué quiero hacer? ¿A qué quiero dedicarme? ¿Qué me gusta? Para algunos pueden ser preguntas muy sencillas con respuestas que no tardan más de dos minutos en formularse, pero para otros pueden llegar a ser preguntas existenciales mucho más complicadas que el socrático ¿Quién soy? Y entonces vamos como almas perdidas en busca de eso que creemos que a alguien se le olvidó informarnos pero que realmente está ahí, aunque recubierto de actitudes aprendidas y (por lo general) obsoletas: nuestros auténticos deseos.

Hoy en día hay información en todas partes que nos invita a dedicarnos a lo que realmente estamos llamados. Ajá, suena muy lindo… ¿y si no tenemos idea de qué es eso?

¿Cómo le hago para deshojar una por una las capas de cebolla y llegar al corazón de lo que realmente quiero? Creo que el primer paso es la toma de conciencia, ponerle atención a esa cosquilla incómoda que siento cada vez que voy a la oficina o cada vez que alguien me pregunta cuándo voy a casarme y tener hijos. Sentir que la realidad que vivimos nos aprieta puede ser la primera pista para darnos cuenta que no vamos precisamente por el camino que hubiéramos soñado. Y preguntarme si el lugar en el que estoy es el resultado de mis propias decisiones o de circunstancias o deseos de alguien más puede arrojarnos información valiosa sobre algunos ajustes que me vendría bien realizar. Muchas veces nos sentimos atrapados y creemos que es imposible despedirnos de una situación porque ya llevamos mil años en ella, porque alguien puede decepcionarse (el gusto al otro de nuevo) o porque es mucho lo que podríamos perder, pero entre más incomodidad experimentemos más claro es el mensaje del alma que nos susurra que ese no es nuestro lugar y más urgente es que busquemos la puerta para salir de ahí.

El segundo paso es volar. Abandonarme al piloto de los sueños en grande y explorar todas (to-das) las posibilidades. ¡Ah! y tener mucho cuidado en no distraerme demasiado con las nubes que portan enormes letreros luminosos con la palabra IMPOSIBLE. “Mamá, quiero un helado”. “Papá, ¡vamos al cine!” “Yo no quiero arroz, sírveme sólo pollito”. “Por favor, no quiero ir a la escuela”. “No quiero darle beso, no la conozco”. “¿Por qué Santa me trajo ropa? Yo quería sólo juguetes”. “Ándale, regálame un perrito, prometo cuidarlo bien”. “Eso no me gusta, me quiero poner mi pantalón verde”. Voltear a ver a los más chicos y robarles un poco de esa espontaneidad y confianza en lo que quieren puede ser un buen inicio para el viaje. En el mapa podríamos escribir lo que nos gustaba de niños, a lo que dedicábamos la mayoría de nuestras tardes, lo que nos encantaría hacer ahora si el dinero o el tiempo no fueran obstáculos, los pensamientos que nos visitan varias veces al día, nuestros intereses a través de lo que leemos y vemos en la tele o en internet, las actividades que nos imaginamos llevando a cabo en un día ideal o lo que envidiamos del otro porque nos gustaría estarlo haciendo nosotros también (la envidia no es pecado mortal, bien encauzada es una puerta fabulosa al autoconocimiento).

Y sobre todo, no tener miedo a experimentar. Tomar clases de tango a los ochenta o poner un negocio de taxis a demanda a través de un smartphone cuando ya hay taxis en la ciudad pueden ser ideas que los demás tiendan a subestimar, pero no será más que haciéndolo que nos daremos cuenta si nos hace felices o no. El miedo, los prejuicios y complejos llegan a estorbar demasiado cuando queremos deshojar esa cebolla y dar con el tesoro perdido, pero una vez identificándolos podremos ver con mayor claridad. Si sé que le tengo miedo al cambio y por eso no puedo mudarme de ciudad aunque ya estoy segura de que quiero vivir en otra parte, entonces podré hacer algo para trabajar con mi miedo para poder llevar a cabo ese plan que quiero. Si entiendo que toda la vida he querido ser bailarina de ballet pero ya tengo treinta y las mujeres adultas no van a clases de esta disciplina, entonces podré hacer algo al respecto con mi prejuicio y atreverme a dar el paso que deseo.

Lo que me gusta y lo que quiero hacer está ahí, nunca se ha ido. Lo que quizá ocurrió es que lo fui dejando enterrado con una y mil experiencias y decisiones que iban en contra de eso en el camino. Volver a ello podrá parecer más complicado que viajar a la Luna, pero incluso esa hazaña ya la hemos conquistado. Recupéralo y guárdalo en una bolsita especial que tengas a la mano, una que sólo baste con jalar una cuerda para echar un vistazo rápido y recordar cuando sea necesario.

BOLSITAS CON JARETA MY PUMPKIN

100% algodón 

12.5 x 12.5 pulgadas

jareta para cerrar 

PRECIO INDIVIDUAL: $420 pesos + $140 pesos de envío en México, EU y Canadá. 

EN LA COMPRA DE TRES BOLSITAS EL ENVÍO ES GRATIS EN MÉXICO, EU Y CANADÁ. 

PRIMAVERA (DISPONIBLE): 

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my-pumpkin-bolsita-tela-5
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JAPONESAS CON FORRO BLANCO (AGOTADAS):

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JAPONESAS CON FORRO ROSA (AGOTADAS): 

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my-pumpkin-bolsita-tela-19
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FLORES CON FORRO VERDE (DISPONIBLE): 

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my-pumpkin-bolsita-tela-7
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FLORES CON FORRO AZUL (DISPONIBLE):

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my-pumpkin-bolsita-tela-15
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PAJARITOS (DISPONIBLE): 

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my-pumpkin-bolsita-tela-9
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MOSTAZA (DISPONIBLE): 

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my-pumpkin-bolsita-tela-11
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BOSQUE CON FORRO VERDE (DISPONIBLE): 

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BOSQUE CON FORRO ROSA (AGOTADAS): 

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