Bolsitas Mariana
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Venir a vivir a una ciudad nueva, sin conocer a nadie más que a tres miembros de mi familia y algunas de sus amistades, supuso para mí grandes retos en varias áreas de mi vida, pero creo que siempre voy a recordar como uno de los más grandes el hecho de tener que hacer amigos desde cero.

Cuando llegamos a Tecate ni David, ni Emma ni yo teníamos contacto con gente de nuestra edad, pero podemos decir que caímos en blandito porque las primeras semanas de nuestra mudanza estuvieron llenas de convivencia familiar, tanto de gente que vive aquí como de otra que nos visitó desde Mexicali, Tijuana, Hermosillo e incluso Elko, Nevada.

Pero cuando las vacaciones terminaron y empezó la rutina del mundo real, me entró una nostalgia tremenda por mis amigas en Monterrey y la familia "prestada" que habíamos dejado allá. Entonces creí que yo era la que tenía que buscar la socialización si quería formar un círculo de gente cercana que siempre hace falta, en mi opinión, para tener una vida completa y feliz.

El problema era que yo nunca había tenido que hacer amistades. Así, desde cero, de presentarte porque absolutamente nadie te ha visto ni sabe quién eres e ir tejiendo poco a poco a través del contacto una red sólida de amistad, nunca en mi vida había tenido la necesidad de hacerlo. Los amigos que he hecho en el camino han sido porque vivíamos en la misma cuadra, o porque íbamos en el mismo salón o más tarde en la misma universidad y luego en el mismo trabajo.

Las relaciones personales se van dando de manera natural cuando estás en un ambiente propicio para ello, no hay que trabajar demasiado para que surjan, se dan simplemente porque el ser humano no puede vivir sin ellas: sin el futbol callejero con los vecinos, sin la tarde de baraja y cheves con los amigos de la facultad o sin el café a media mañana con los compañeros de la oficina.

Yo soy una persona más bien tímida cuando se trata de los primeros acercamientos, así que al llegar a Tecate tuve que guardar en el cajón mi prudencia y mi timidez si quería conseguir pronto ese clan que tanto añoraba porque es algo que siempre he necesitado para mantenerme cuerda. Y la forma que me pareció más sencilla fue acercarme a las mamás del kinder de Emma... lo curioso es que yo siempre creí que sería yo la que empezaría con este proceso de socialización, pero la pequeña ultra introvertida de mi hija se quedó en Monterrey y apenas llegó a Baja California le salió lo socialita de sabe Dios dónde y no me pudo esperar a que a mí se me quitara la inseguridad de preguntarle inocentemente a alguna mamá: ¿podemos ser amigas?

"Mamá, quiero invitar a una niña de mi salón a jugar a mi casa", me dijo la nena como al tercer día de haber entrado a la escuela. "Claro mi amor, ¿cómo se llama la niña?" "No sé, pero tiene pelo café como yo, así largo". "Mmmm, jajaja, ok chiquita, pero tienes que preguntarle su nombre y el de su mami para que yo pueda pedirle permiso", le dije yo como para hacer tiempo de agarrar valor, al cabo que mi hija era tan tímida que no me conseguiría los datos así de un día para otro.

"Se llama Mariana", me dijo al día siguiente. "¿Le puedes decir a su mamá que si le da permiso de ir a mi casa?" "Pero no sé quién es su mamá mi amor, déjame averiguar su nombre y su teléfono, ¿ok?", le propuse para, otra vez, seguir ganando tiempo. ¿Cómo iba yo a acercarme a la mamá de esta nena para que me soltara a su hija así nada más, sin conocerme ni tantito? Me moría de la pena, pero la urgencia de mi hija de hacer amigas me hizo ver que yo también tenía el mismo apuro y me recordó que si uno quiere algo, pues la pena no le sirve de nada.

Me tardé unas semanitas más para irme presentando poco a poco y que me fueran tomando confianza y entonces invitar a algunas niñas a jugar a la casa. Y así, Emma y yo, fuimos creando nuestra tribu.

No voy a restarnos mérito a mi pequeña valiente y a mí en este proceso, pero tengo que decir que si fue una experiencia grata y que fluyó de manera casi mágica, no fue tanto porque hayamos puesto demasiado esfuerzo, sino porque la vida nos tenía reservada en el kinder de mi hija una generación de mamás y niños fuera de este mundo.

En cuanto empecé a acercarme para platicar sobre cualquier cosa, pedir ayuda con alguna duda o simplemente saludar, me quedaba cada vez más sorprendida de la calidez de la gente de esta tierra. Todas siempre muy abiertas, muy sencillas y dispuestas a echarte la mano en todo lo que necesites. Esto fue lo que más me sorprendió, porque siendo yo una fuereña a la que nadie conocía, me tomaron a mí y a mi familia como parte de su vida en cuanto empezamos a convivir.

Aquí la gente es generosa, campechana y sangre liviana. Al menos la gente con la que me ha tocado hacer amistad, a la que toda la vida agradeceré el habernos dado una bienvenida tan amorosa. Y aunque la mayoría son tecatenses, también hemos conocido a gente de otros lugares que vienen y se quedan y terminan por contagiarse de esa buena energía que aquí se respira por todas partes.

Nos faltan unos cuantos meses para cumplir cuatro años de haber llegado aquí y entre las cosas que más agradezco es contar con una nueva familia bajacaliforniana. Gracias a la gente que nos ha abierto las puertas de su corazón, a los amigos con los que sé que podemos contar de forma incondicional y a la vida por haber alineado los astros para que nuestros caminos llegaran a coincidir en estos años.

Hay algo de milagroso cuando los destinos de personas que vienen de lugares distintos se reúnen en algún punto de la historia. Y eso es lo que me fascina y me parece milagroso también del patchwork: que retazos de tela de diversos puntos en el tiempo o de sitios muy diferentes entre sí llegan a organizarse para coexistir en algo que por su armonía pareciera haber estado predestinado.

Esa colchita de la abuela con restos de la ropa de sus hijos, esa bolsa de la compra con el reciclado de otras bolsas que se negaron a morir, esas cortinas de la costurera que pacientemente esperó a reunir de los sobrantes de su trabajo los fragmentos perfectos para su colorido diseño. En cada trabajo de patchwork, como en cada amistad, se encuentran dos o más historias para recordar que juntos podemos siempre hacer algo que vaya más allá de lo ordinario.

FOTOS: David Josué // LOCACIÓN: Tecate, B.C.

BOLSITAS "MARIANA" 

100% algodón 

13.5 pulgadas de ancho por 12.5 pulgadas de alto 

botón artesanal de madera de olivo 

(TODAS LAS BOLSAS VENDIDAS)

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MARIANA ORANGE (VENDIDA):

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MARIANA YELLOW (VENDIDA):

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 MARIANA SPRING (VENDIDA):

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 MARIANA RAINBOW (VENDIDA):

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MARIANA CANDY (VENDIDA):

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MARIANA INVIERNO (VENDIDA):

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MARIANA ARCOIRIS (VENDIDA):

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