BOLSAS NATALIA

Desde que nació Matías tengo pocas oportunidades de sentarme a escribir. Y es algo que extraño con el alma porque más que coser, más que diseñar y más que crear, lo que me apasiona en esta vida es escribir. Hace poco tomé la decisión de levantarme una hora antes por las mañanas para poder hacerlo cuando todos duermen y la mayoría de las veces lo consigo pero hay otras en las que mi bebé se despierta junto conmigo y ya no puedo.

Por las mañanas trabajo en un proyecto personal aparte de My Pumpkin, así que para las entradas de mi blog debo robarle minutos al día y cualquier momento es oro puro para mí: las siestas de Matías, la fila para cruzar la frontera, las escapadas a mi escritorio o si tengo suerte a algún café mientras alguien puede cuidar de él. Me siento una maratonista corriendo todo el tiempo y soñando con la medalla del bendito tiempo libre para escribir unas líneas. Si antes podía redactar un post completo en un par de horas, ahora debo contentarme con un párrafo, quizá dos al día siguiente y a lo mejor uno más la próxima semana.

Para las bolsas Natalia planeé una entrada relacionada con el tema de la maternidad, hablando un poco de este equilibrio en cuya búsqueda me sorprendo todos los días, todos los minutos y todos los segundos de mi vida. ¿Me siento a coser a mis anchas y compro un pollo rostizado para la comida o coso nada más una hora y preparo una ensalada, una sopa y un guiso como Dios y el manual de nutrición de los hijos mandan? ¿Abro la laptop por la noche para escribir y baño-alimento-acuesto a los hijos en media hora o me lo tomo con calma y dejo que se bañen-jueguen en la tina, cenen tranquilamente mientras Emma me platica su día, les leo un cuento y les canto antes de dormir, para después de todo esto que me toma un par de horas terminar durmiéndome yo también? Y es que coser quizá si pueda hacerlo a intervalos y con malabares como hacemos todas las madres: unas puntadas y limpiar la boquita del nene, un par de recortes y abrirles el agua caliente, una descosidita porque ya me equivoqué y a lavar los platos de la cena y recoger la mesa y los juguetes.

Pero escribir es diferente. Para escribir debo preparar mi ambiente, respirar profundo y no invitar a nadie a la fiesta más que a la pantalla en blanco y al celular con un buen playlist. Adiós pañales, peticiones especiales y manitas rascándome las piernas. Simplemente no puedo con distracciones, se me quita lo multitasking. Soy de la vieja escuela, ni hablar. Así que con estos moños, repito, son pocas las oportunidades.

Trabajé durante una semana en mi post para estas bolsas, borrando cada dos días un par de líneas que había escrito a las carreras por el hambre de avanzar. Matías estuvo tres días súper chipilón pidiendo chichi las 24 horas del día y como a Emma le castigué la televisión durante una semana requirió mucho de mi ayuda para manualidades en las que quería invertir su tiempo libre. Mis horas destinadas a escribir en esta semana se convirtieron en raquíticos minutos. Hasta que ayer por la mañana estaba a punto de concluir mi texto ultra-mega-poético y Matías despertó de su siesta antes de lo previsto. Lo traje a trabajar conmigo porque ya tenía que terminar y no quería dejarlo para después, lo cargaba cada vez que lloraba, picoteaba unas cuantas teclas de la compu y lo volvía a sentar en el piso. Sus llantos me sacaron a empujones del nirvana y me tardé mucho más de lo acostumbrado para el último párrafo, levantando a Matías cada cinco minutos porque insistía en que le diera el pecho. Cada vez que lo subía conmigo salvaba el trabajo realizado, no fuera a ser la de malas.

Pues fue. No estoy segura de qué teclas oprimió el inocente.

Borró todo el post.

Todo.

To-do.

Después de recoger mi quijada del piso, mi reacción inmediata fue cerrar el TextEdit antes de que se salvara esta última acción (wtf?). Con el corazón acelerado volví a abrir el documento para confirmar que sí, que todo se había ido al misterioso mundo de los caracteres olvidados. Ataqué a mi pobre computadora con una sobredosis de “manzanita-zeta” para ver si todo volvía a ser como antes (eso hubieras hecho al principio Marcela)… como si se tratara de una máquina del tiempo, esperanza igual de absurda que la de recuperar palabras en un archivo que ya cerraste y acabas de abrir. En ese momento llegó Emma y me vio la cara desencajada, le expliqué lo que me pasaba y me dijo con toda la empatía que fue capaz de reunir con sus casi nueve años: “Ay no, pobre mami, pues vuelve a escribir todo como estaba”. ¿Escribir? Lo que quería era llorar. Y lloré, mientras le daba su chichi a Matías en el sillón, ahora sí a sus anchas.

Más que al texto perdido, le lloré a ese balance que lucho tanto por encontrar y que se me escapa entre los dedos como el agua corriendo del grifo. Deseo con todo el corazón ser una madre dedicada pero también tengo la imperiosa necesidad de crear y a veces me frustro porque no consigo alinear los astros para conseguir ambas cosas. Ayer, con Matías en el pecho, me di cuenta de que no voy por buen camino, de que darle el pecho llena de frustración no tiene ningún sentido… pero de que tampoco soy mala madre por frustrarme y darme chanza de sentir el remolino en las tripas por la impotencia.

Sí, tengo la vara muy alta y quiero ser la madre y la creativa perfecta con todo lo que ello implica, y de vez en cuando la frustración me viene bien para recordarme que eso no es posible, que no soy la mujer maravilla y que si me empeño en el oficio de malabarista, tarde o temprano alguna de las pelotas se cae. Adoro a mis hijos con el alma pero también me adoro a mí y quiero buscar esos tiempos en los que pueda trabajar en lo que me apasiona sin sentirme culpable porque no soy la madre dedicada de los años cincuenta. Pero también quiero que cuando esté con ellos esté realmente presente y sin ninguna urgencia de ir a hacer algo más. Digo que no iba por buen camino porque en las últimas semanas no me he sentido así, pero eso no quiere decir que no pueda conseguirlo.

El equilibrio entre ser madre y seguir una pasión no es algo sencillo, al menos no lo ha sido para mí, pero entiendo que es un reto de todos los días y que tengo toda la capacidad para hacerlo. Ya no quiero verlo como una lucha, sino como una oportunidad de gozar realmente ambas cosas. Doy gracias por los momentos en que lo he vivido y me recuerdan que sí es posible (aunque haga tacos de frijol para comer) y doy gracias también por el marido generoso que me apoya en todo momento.

Este texto lo escribí al hilo en una sentada de media hora. Los veintes que te caen en momentos de crisis también son inspiración.

13124631_1136862269707964_2826809020415913670_n
13124631_1136862269707964_2826809020415913670_n

BOLSAS NATALIA: 

100% algodón 14.5 pulgadas de ancho 18 pulgadas de alto dos bolsitas interiores

$900 pesos + $160 pesos de envío en México y EU.

PARA ORDENAR LA TUYA, ENVÍAME UN CORREO A hola@mypumpkin.mx O UN INBOX EN MI PÁGINA DE FACEBOOK.

NATALIA ZAFIRO (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-2
my-pumpkin-bolsas-patchwork-2

NATALIA ÁMBAR (DISPONIBLE):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-3
my-pumpkin-bolsas-patchwork-3

NATALIA DIAMANTE (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-4
my-pumpkin-bolsas-patchwork-4

NATALIA ÁGATA (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-5
my-pumpkin-bolsas-patchwork-5

NATALIA CUARZO (DISPONIBLE):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-6
my-pumpkin-bolsas-patchwork-6

NATALIA TOPACIO (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-7
my-pumpkin-bolsas-patchwork-7

NATALIA ESMERALDA (DISPONIBLE):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-8
my-pumpkin-bolsas-patchwork-8

NATALIA ÓPALO (DISPONIBLE):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-10
my-pumpkin-bolsas-patchwork-10

NATALIA RUBÍ (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-11
my-pumpkin-bolsas-patchwork-11

NATALIA LAPISLÁZULI (AGOTADAS):

my-pumpkin-bolsas-patchwork-12
my-pumpkin-bolsas-patchwork-12

NATALIA JADE (DISPONIBLE):

my-pumpkin-bolsas-patchwork
my-pumpkin-bolsas-patchwork