Bolsas Lucía (VENDIDAS)

lucia7 Una de las bondades que descubrí al llegar a Tecate es que dejé de correr. Que no se piense que yo corro como ejercicio, porque la verdad es que no. Me refiero a correr de un lado a otro con ochenta mil diligencias apuntadas en la agenda en suma urgencia de ser palomeadas. Entre que Tecate es una ciudad mucho más chica que Monterrey y que yo no tenía ningún tipo de vida social más allá que estar con mi familia, ni laboral más que limpiar mi casa y hacer de comer, de pronto empecé a sentir las 24 horas del día, cuando en la metrópoli creía que los días tenían la mitad.  

La Sultana te invita a la corredera y yo ya estaba tan inmersa en esa frecuencia que cuando llegué aquí sentí como si me hubieran puesto el freno de mano. No voy a negar que los primeros días me sentí como pez recién sacado del mar, dando patadas de ahogado, pero luego de un tiempo empecé a gozar del nuevo ritmo. No tenía mucho qué hacer y las distancias son extremadamente cortas, así que me acomodé muy feliz en mis nuevos días largos. Entonces tuve más tiempo para My Pumpkin, el proyecto que empecé en Monterrey pero al que me dedicaba muy de vez en cuando por cuestiones de la corredera que les platico. Por eso digo que aquí es donde floreció mi calabaza, porque con el reloj de mi parte y toda la inspiración que te rodea en esta tierra, no pude más que ponerme a crear.

Así andaba yo por el mundo con la cadencia de un caracol, cuando a la Marcela hiperactiva le empezó a dar comezón. Despertó del letargo que pareció invadirla por unos cuantos meses, estiró los brazos, aventó el último bostezo y dijo: “Andamos muy calmaditas… ¿qué podemos hacer al respecto?”. Entonces la calma se fue y, aún en la ciudad chica, me inventé ocho mil ocupaciones para correr de nuevo.

Y luego de casi dos años y medio de venir a vivir aquí, con la añoranza de la tranquilidad como uno de los motivos principales, me encontré hace unos días con el estómago hecho nudo por la prisa. En una sola semana tenía que terminar una colchita para mi adorado sobrino que viene en camino, confeccionar un disfraz de Halloween para mi hija, montar un altar de muertos, enviar unas bolsas a su destino, ir a Mexicali para el baby shower de mi hermana y diseñar un mandil otoñal, más mis actividades de todos los días: escuela y clase de ballet de la hija, escribir para el blog, cocinar para una dieta que lleva millones de verduras que hay que ir a comprar, lavar, picar, hacer jugo o cocer, ir al yoga, ejercitarme los días que no voy, ir al súper, comprar telas, pagar recibos y un largo etcétera.

Todas las actividades antes mencionadas las disfruto al máximo, me gusta andar ocupada y me gusta correr, lo que no me gusta es ese vacío en la panza que sentí hace unos días, esa ansiedad que experimentas porque las horas no te alcanzan y porque estás segura de que algo se te irá de la cabeza, algo olvidarás y luego de que se lleguen todos tus “deadlines”, muy seguramente algo quedará inconcluso, porque por más veladoras que enciendas, el sol seguirá metiéndose y despertándose a la misma hora.

Y justo a la mitad de esta semana acelerada que les platico, el rayo desapendejador (nombre que mi señor padre le da a esa luz divina que te ilumina el camino, a ese veinte que te cae luego de tanta necedad) de repente se posó sobre mí mientras picaba papel junto con Emma y David para el altar de muertos. Una cosa es correr, pensé, pero otra muy distinta es correr con estrés, ése que a lo mejor sí te deja llegar a la meta, pero sin haber disfrutado el camino. En mi carrera había muchas cosas bellas que yo misma planeé porque son actividades que amo hacer (coser, escribir, cocinar, convivir con mis amigas o con mi familia, practicar yoga), pero a veces me doy cuenta que no tiene ningún caso hacerlas si no las vives con plena conciencia y gozándolas por lo que significan y no sólo por el placer de verlas palomeadas.

Solemos apretar mil cosas en un solo día de nuestra agenda, a veces más de las que podemos incluso manejar. En esta era informativa en la que nos enteramos del terremoto en Japón aún cuando el movimiento telúrico no ha terminado todavía, nos gusta burlar a las manecillas del reloj, andar acelerados y no detenernos a veces ni para ir al baño como Dios manda, quizá para terminar el día con la satisfacción de que hicimos un montonal de cosas o para no sentirnos ociosos cuando vemos que el vecino hace el doble que nosotros. ¿Hablarle por teléfono a mi amigo que cumplió años? ¡No hay tiempo! Una frase en Facebook que me lleva diez segundos y ya está.

Hacer está muy bien. Correr puede que también. Correrconangustiaporquesinoalcanzoahacerlotodosemepuedeirlavida, no.

En medio del papel picado decidí desacelerar el ritmo y apelar a la máxima cuyo autor no recuerdo: “Una cosa a la vez”. Puede que al final del día haya logrado cumplir con todas mis actividades agendadas o puede que queden algunas para mañana… lo que sí es seguro es que habré saboreado más cada una de ellas. El mundo no se acaba porque en lugar de ocho mil cosas al día hice sólo seis mil. Lo que sí se puede acabar es mi capacidad de disfrutar si no dejo de exigirme tanto.

En el intento por aprender del caracol, ayuda tomarse tres minutos dos o tres veces al día para respirar profundamente diez veces, sentarse para escuchar una canción que nos enchine la piel, quedarse en la regadera un minuto extra bajo el chorro de agua caliente con los ojos cerrados, meditar, escuchar con paciencia lo que un niño quiere platicar e incluso, ¿por qué no?, picar papel de china.

 

FOTOS: David Josué     LOCACIÓN: Rancho Tecate 

 

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