Bolsas "Julieta" (VENDIDAS)

Bolsas "Julieta" (VENDIDAS)
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Hace unos días fuimos a San Diego David y yo para unos pendientes que teníamos, pero como nos fuimos muy tempranito, la primera para obligada fue ir por un desayunito. Hay un lugar que me encanta para desayunar que se llama Coco’s y en esta época mucho más porque te meten las calabazas hasta en el vaso de agua: pumpkin pancakes, pumpkin pie, pumpkin latte, pumpkin soup y un largo etcétera. Bueno, desayunamos riquísimo y saliendo de ahí, muy dispuestos a darnos prisa para alcanzar a hacer todo lo que queríamos antes de que saliera Emma de la escuela, nos subimos al carro y el inocente pobre amigo nomás no quiso arrancar.

Después de varios intentos David se bajó para abrir el cofre y checar la batería o lo que pudiera darle una pista de lo que estaba pasando. Mi querido esposo tiene un millón de virtudes, pero tampoco vamos a decir que la mecánica es una de ellas, así que yo me quedé sentada dentro del carro y saqué muy tranquilamente mi tejido porque estaba segura de que íbamos a estar un buen rato ahí. Después de unos minutos regresó y me dijo: “Aquí enfrente hay un Auto Zone, voy a ver si me pueden echar la mano. Si quieres métete al restaurante para que no te quedes aquí en el sol”. Le hice caso y me devolví a la salita de espera del paraíso pumpkinesco, evidentemente que con mi tejido en mano.

Así estaba yo, más agradecida por el tiempo extra disponible para adelantar en la cobija de mi bebé que mortificada por el asunto vehicular, cuando escucho que me dicen desde lejos: “¡Hola Marcela!” Levanto los ojos y veo a los papás de mi querida amiga Estela y en ese momento sonrío por dentro porque durante estos quince minutos desde que el carro no prendió, a una hora de nuestra casa y sin contactos automotrices en el lado gabacho, no se me ocurrió ni por un segundo preocuparme porque estaba segura que algo inaudito pasaría que viniera a salvarnos. Esta certeza de que los incidentes más comunes y corrientes se solucionan rápido con la ayuda de algo o de alguien que viene a completar la historia la aprendí de mi papá, una vez que nos quedamos tirados en la carretera de Mexicali a Tecate y a los cinco minutos llegó una persona a auxiliarnos, tal como él me había dicho que ocurriría un momento antes. Así que a la hora de sentarme en esa salita de espera, lo que realmente estaba esperando mientras tejía era que apareciera ese par de ángeles.

Saludé con mucho gusto a los papás de mi amiga, Marina y Austreberto, quienes viven en Tijuana (la frontera con San Diego) y tenían dos días que habían llegado de Europa, pero se habían querido quedar aquí antes de regresar a su casa para descansar y ahora, después de un desayunito, ya iban rumbo a su ciudad. Les platiqué lo que nos había pasado y el señor muy educado salió rápidamente a echarle la mano a David, quien ya había regresado del Auto Zone, al parecer por su cara sin ninguna respuesta. Estuvieron un rato afuera mientras la señora y yo nos quedamos platicando dentro del restaurante.

Cuando entraron ya estaba todo resuelto: El señor Austreberto tenía un contacto de un mecánico en el área muy bueno y muy honesto, así que le hablaron y el hombre prometió llegar pronto para solucionar el problema. Y como cereza del pastel, se ofrecieron para llevarme a Tecate mientras David se quedaba esperándolo. “¿A Tecate? Ay no, cómo cree, si ustedes van aquí a Tijuana, no los voy a hacer dar una vuelta de una hora”. “Yo digo que te vayas Marcela, no sabemos cuánto va a tardar esto y más al rato hay que recoger a Emma”. “Nombre, me da mucha pena molestar y luego dejarte aquí solo, yo me quedo contigo”. “Ay hija no es ninguna molestia, llevamos a Austre a Tijuana y no me tardo nada en llevarte, si Tecate está muy cerca”. “Ándele pues”. Y así fue como me dejé querer. La señora Marina me llevó hasta mi casa y a los cuantos minutos me llamó David para decirme que ya había llegado también él.

Ya no hicimos en San Diego nada de lo que teníamos planeado, pero el plan que tenía la vida resultó una mejor historia para contar que unas horas en el supermercado o en el Home Depot. Así como pasa siempre, cuando uno logra sacudirse el ánimo de controlar las experiencias por las que hemos de caminar en ese día y opta por sorprenderse y agradecer las que ocurren en lugar de esa agenda tan importante que nos habíamos planteado. Yo misma soy de esas personas a las que les gusta saborear el control y estar segura de qué es lo que va a pasar al minuto siguiente, aunque también tengo que decir que desde que me convertí en madre (mmm, ok, quizá desde que conocí a mi esposo Piscis) todo este afán de manipulación del tiempo y el espacio ha tenido que irse empequeñeciendo, al principio con mucha frustración, pero después con bastante alivio. A una le llega un bebé a los brazos y ya no está segura a qué hora va a salir de su casa, cuándo tendrá tiempo para bañarse o en qué momento le dará la hija la siguiente sorpresa.

Y lo más curioso es que me gusta esta sensación de no saber. Me he rendido ante ella (muy… MUY) poco a poco, tampoco vamos a decir que de un día para otro, porque la verdad es que para abandonarme a lo que la vida me vaya poniendo enfrente he tenido que sacar de mi entraña mucha confianza y despreocupación, cuando mi naturaleza (o al menos lo que creía de ella) es de una persona aprehensiva y retacada de expectativas. Finalmente, éstas son precisamente las que es necesario dejar en un cajoncito si queremos viajar más ligero. No se puede, o es muy difícil, tener los estándares muy altos y dejar que la vida nos sorprenda. Y como me gusta mucho pensar: la vida siempre sabe más que yo. No es como nos han enseñado, no es verdad que sabemos lo que nos conviene… creo que aunque la vida nos deje en algún momento con la boca abierta o el estómago hecho un nudo, más adelante nos damos siempre cuenta de que eso que pasó fue justo lo mejor.

Estoy de acuerdo que el incidente de nuestro carro es algo muy sencillo y ordinario, pero en este sentido creo que ocurre lo mismo en cualquier nivel de experiencia. Tengo una conocida a cuyo hijo pequeño le diagnosticaron cáncer hace unos meses. A pesar de que se me hace difícil imaginar una situación más dura que ésta, he aprendido muchísimo de su actitud ante esta sorpresa que le está dando la vida, y estoy segura de que yo no soy la única. Hace un par de días escribió en el Facebook algo que me dejó con los ojos cuadrados y luego me hizo sonreír. En su post dijo que está segura de que para Dios no hay imposibles y que ella está lista para aceptar cualquier cosa que suceda, aunque eso no quiere decir que ella deje de hacer todos los días lo que sea necesario para ayudar a su hijo.

Por mucho tiempo tuve la duda de que si luchábamos porque algo fuera como nosotros queríamos, entonces quería decir que no estábamos aceptando lo que la vida nos ofrecía; y por otro lado, que si no luchábamos en absoluto, significaba que éramos conformistas y pasivos. Tardé mucho en entender (y el post de esta mamá que vive todos los días con el único objetivo de ver la sonrisa de su hijo otra vez me lo recordó) que trabajar por lo que uno quiere no está peleado con la aceptación de lo que venga. Podemos plantearnos el objetivo que sea e incluso armar un plan para ir tras él, pero nunca apegarnos al resultado porque ahí es donde viene la impotencia y la frustración si las cosas no salen justo como las imaginamos. Esa capacidad de soltar las expectativas y abandonarse sin resistencia ante lo que ES, es lo que nos traerá la paz.

FOTOS: David Josué

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BOLSA "JULIETA" PÁJAROS (VENDIDA)

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BOLSA "JULIETA" BÚHOS (VENDIDA)

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BOLSA "JULIETA" ROSA (VENDIDA)

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BOLSA "JULIETA" CUADROS (VENDIDA)

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BOLSA "JULIETA" PRIMAVERA (VENDIDA)

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BOLSA "JULIETA" AMARILLA (VENDIDA)

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