BOLSAS "JULIA"

Crear una bolsa de mano es de los sucesos en mi vida en los que me permito jugar sin mucho apego a los resultados. Todo empieza cuando abro mi computadora para pedir las telas en línea. El romanticismo de comprar las telas en vivo me lo reservo para cuando hay oportunidad y lo disfruto como una niña pequeña disfruta una juguetería, pero he aprendido a valorar de igual forma el momento en el que me siento frente a la pantalla y me emborracho la vista de colores y patrones que me invitan a soñar. Curiosamente, soñar no en una bolsa, sino en las cosas que más amo de la vida: los momentos con mi familia, las tazas de té en los días de lluvia, las canciones de Luz Casal o Louis Armstrong, las mañanas en el mar, escribir lo que siento, el otoño y sus aromas y ese larguísimo etcétera que me conecta con el espíritu: me inspira. 

Al escoger mis telas no estoy pensando en ninguna pieza final, sólo en el tremendo disfrute que los estampados me brindan. Con el tiempo he entendido que aquellos que traigo a mi taller de entre el océano de opciones son los que hablan mi idioma, los que me cuentan las historias que me cuento yo misma en los colores que mi ojo está entrenado a ver: el turquesa del mar, el rojizo de un roble en noviembre, el cobalto del pájaro azul que se posaba en el árbol frente a mi cocina en Tecate, el rosa intenso de una bugambilia, el naranja de los atardeceres de mi infancia o el mostaza del sol que en este lado del mundo es abrasador. 

Cuando las telas llegan a mi casa las saco de la caja y las extiendo sobre la enorme mesa de pino que mi generoso padre me construyó el año pasado y entonces continúo con el juego al que, desde que me dedico a esto, he impuesto una sola regla: fluir. Entonces no soy la empresaria que debe sacar números o complacer las necesidades de un mercado, sino que vuelvo a ser la aprendiz con los treinta, la maternidad y la máquina de coser recién estrenadas a la que se le enreda el hilo en la costura y se le rompen las agujas todos los días, pero que frente a las telas no tiene más remedio que escuchar y convertirse en el canal para que un nuevo objeto vea la luz. 

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Hace un mes que llegaron las telas de las bolsas “Julia” y mientras las barajaba sobre la mesa no podía pensar más que en ropa, idea que se fortaleció cuando mi amiga y colaboradora Liliana me dijo que era momento de que perdiera el miedo e hiciéramos por fin unas blusas a las que hacía tiempo les traía ganas. Pues las hicimos, y aunque la forma estaba divina, me di cuenta que el algodón que uso (quilting cotton) no era un buen material para ellas. Guardé el proyecto de la ropa para retomarlo más adelante y volví a mis telas para solicitarles otra idea. Sus diseños me parecieron desde el principio tan impactantes que lo único en lo que podía pensar era una bolsa sumamente sencilla en donde las protagonistas fueran ellas. Concebí en mi mente un morral pero con el “twist” de una asa infinita, es decir, sin principio ni fin. 

Corté el patrón y Liliana cortó toda la tela. Por esos días ella salió de viaje y yo me quedé sola en el taller y un miércoles terminé de coser la bolsa para darme cuenta al final que no era lo que yo había imaginado. La bolsa no se veía como yo quería, así que empecé a imaginar formas en mi cabeza para “arreglar” lo que no me gustaba, pero nada me convencía. No era momento para idear un proyecto distinto porque la tela ya estaba toda cortada y no podía desperdiciarla, así que tuve que sacar de mi arsenal de recursos emocionales uno que otro que ocho años en My Pumpkin me han permitido fortalecer: la paciencia, la tolerancia a la frustración, la compasión, la creatividad, pero sobre todo… la habilidad de pensar distinto. 

Luego de quebrarme la cabeza me di cuenta que un simple cambio en las costuras arreglaba instantáneamente el problema (al menos en mi imaginación). Le comuniqué a Liliana mi idea, hicimos un corte adicional que era necesario en el forro y cosimos otra bolsa desde cero y el resultado es lo que ves ahora. Un resultado que amo no sólo porque me gustó muchísimo el estilo tan limpio y simple, sino también porque me volví a demostrar que soltar tantito las ideas enraizadas (que pueden ir desde cómo “debe” ser una costura hasta cómo “debe” comportarse mi pareja) puede abrir la puerta para las ideas nuevas. 

Son muchos los aspectos en mi vida en los que aún me gana la rigidez y el perfeccionismo, que My Pumpkin se ha convertido en el oasis donde me demuestro que es posible deshacerse de expectativas y disfrutar de forma honesta el proceso. A veces las cosas no son como queremos y si podemos hacer algo para que sí lo estén, adelante, pero si no, quizá convendría cuestionarnos e incluso despedirnos del “como queremos” e intentar amar lo que es. Lo irónico es que cuando lo conseguimos, entonces las cosas nos parecen perfectas tal y como son. No cambió el exterior, cambiamos nosotros… y es ahí donde empiezan a ocurrir los milagros. “Julia” es mi milagro de esta semana y estoy feliz de compartirlo contigo.  

FOTOS: David Josué

LOCACIÓN: Café con Leche en Ensenada, BC

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