BOLSAS "EVA"

Nunca he sido la mujer fashionista de la cuadra. De pequeña me daba una pena impresionante salir con los vestidos de muñeca y los moños enormes que mi mamá nos plantaba en la cabeza y cuando entré a la adolescencia, que es cuando una empieza a definir su propio estilo, me enfundé en unos jeans que no me he quitado hasta ahora y unos tenis converse o, si quería ponerme muy femenina, unas sandalias de piel. Se sobreentiende que sin tacón, pues con una sola mano puedo contar las veces en las que he soltado los flats en mi vida: mi boda y… ¿las bodas de mis amigos? 

Me acuerdo que mi hermana, que aprendió a maquillarse desde que nació y siempre ha tenido un sentido de la moda impecable, me preguntaba cuando me veía salir, así francota como es ella: “¿Así vas a irte? ¿No vas a peinarte?” Siempre que quiero verme bien le pregunto a ella, le pido ropa prestada o le pido que me maquille porque yo hace mucho que me di por vencida frente a las sombras y los enchinadores de pestaña. Mi bella hermana fue también la que me dijo que no podía creer que no me hubiera dado cuenta a mis veintitantos que si David me regalaba joyita tras joyita a pesar de que yo le decía que no eran mi máximo, seguramente lo hacía como una invitación a que me arreglara un poco más. 

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Durante mucho tiempo le di muy poca importancia a mi apariencia porque creí que era algo superficial. Me parecía una pérdida de tiempo pasar horas frente al espejo para escoger el outfit perfecto o producirse el cabello, el que me gustaba traer largo pero alborotado o, la mayoría de las veces, recogido en una coleta de caballo. Ivonne, mi amiga-hermana con la que viví en la carrera, me dijo un día que no podía tomar nada prestado de mi grisáceo guardarropa, donde todas las prendas eran idénticas y no me salía demasiado de los colores lisos y neutros. Esa era yo, hasta que me convertí en mamá a mis 30 años de edad.  

El primer paso hacia voltear a ver mi estilo personal fue cuando aprendí a coser y me incliné desde el principio por telas súper coloridas y floripondias y empecé a cuestionarme por qué no las usaba en mi propia ropa. Por aquellos ayeres empezaba a ponerse de moda el estilo “boho” con el que muy rápido me identifiqué y me compré mis primeras blusas y faldas con colores intensos y naturaleza de todo tipo en los estampados. No voy a decir que me despedí de los jeans porque, ejem, siguen siendo mi prenda más socorrida, pero sí empecé a maquillarme un poco más, a pintarme las uñas de vez en cuando y a moldearme el cabello con una plancha CHI que David me regaló cuando éramos novios y que aún hoy es la que uso. 

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Fue hasta hace muy poco, quizá unos tres años, que caí en la cuenta que si no me gustaba arreglarme no era porque yo me creyera muy intelectual o porque considerara superficiales a las mujeres que sí lo hacían, sino por pura inseguridad. Entendí casi a mis 40 que la femineidad es algo que se alimenta también, y que yo no lo había hecho en su momento por circunstancias que me tocó vivir de pequeña. Por supuesto que la femineidad es algo mucho más profundo que ponerse un vestido y entaconarse; lo que quiero decir es que en mi caso esa parte estaba sumamente adormecida simplemente porque me era muy difícil sentirme plena como mujer. Creo que muy dentro de mí quería seguir siendo una niña, pero cuando mi hija creció y empezó a prohibirme que yo le escogiera su ropa y a pasar las mismas horas frente al espejo que yo antes criticaba en otras mujeres, se encendió en mi interior una llamada de atención. 

Habemos mujeres, como yo, que no aprendimos a tiempo cómo celebrar el hecho de serlo. No importa la razón que haya detrás y cada vez creo más en el hecho de que no importa tanto indagar en ella sino enfocarse en la solución. Y repito, pintarse los labios no es la única manera de hacerlo, pero ahora reconozco que haberme atrevido a algo tan ordinario como eso o como cortarme el cabello para no traer el chongo de toda la vida me hizo sentir más fuerte y más segura, después de haber tomado conciencia de que soy afortunada de ser mujer y de poseer una energía única dentro de la especie humana.    

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Nunca voy a sentirme cómoda con un maquillaje súper recargado porque no es mi estilo, pero sí me gusta verme con los labios rojos y escoger mi ropa con más esmero y siento que esta actitud me abrió la puerta para abrazar más mi condición femenina. Solía creer que yo no lo era porque no me ponía tacones o no traía la bolsa de moda y toda la vida rechacé esa idea, pero hoy entiendo que honramos nuestra energía cuando nos hacemos un pedicure pero también cuando parimos con valor a nuestros hijos, cuando nos pintamos la pestaña pero también cuando llevamos las riendas de una empresa grande o pequeña, cuando nos sacamos la ceja pero también cuando nos mostramos sensibles y fuertes ante la injusticia. Cuando marchamos para elevar nuestra voz, cuando salimos adelante como madres solteras, cuando amamantamos a los críos, cuando vamos contra corriente por una pasión, cuando escuchamos a nuestra intuición, cuando hablamos a nuestras anchas de lo que sentimos, cuando cantamos, bailamos, sembramos, sanamos, cocinamos y escribimos… cuando abrazamos y acogemos a los nuestros y nos conectamos con la energía de la Tierra que nutre y fortalece.   

Por supuesto que toda esta cuestión del maquillaje y la producción personal es totalmente cultural pero a mí me pasó que, en el camino a reconciliarme con ello, me reconcilié también con otros prejuicios que había guardado en la infancia sobre el hecho de ser mujer. Y eso siempre es un despertar.

FOTOS // DAVID JOSUÉ

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