Bolsas ELISA
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Suele venir disfrazada de intenciones decentes o envuelta de buenos modales, con el sello de las sensaciones ingenuas ante las que no queda más que bajar la guardia. Puede llegar e irse como esas ráfagas que no dejan saldos rojos o, si no se tiene cuidado, venir a instalarse entre las venas y no marcharse hasta que se le avisa con buen ánimo que su presencia ha dejado de ser indispensable. Puede camuflarse como esos insectos sobre las hojas de otoño, pero la culpa tarde o temprano se manifiesta tal como es: mordaz, incisiva, lacerante.

Tuve un encuentro cercano con ella en días pasados, cuando todavía seguía cuestionándole a la vida por qué, en pleno segundo trimestre de mi embarazo, me siguen dando estos bajones de energía que me dan de vez en cuando y que no me dejan hacer lo que tengo planeado para ese día. Cuando una es terca (así como su servidora), hay fuerzas misteriosas que la obligan a dejar el orgullo a un ladito, a rendirse o, como se diría coloquialmente, doblar las manitas. Y en mi caso esa fuerza llegó en forma de una alergia/gripa/catarro/dolordeoído/rinitisintensa/sabediosquécosa que logró tumbarme por completo durante dos días en los que no pude ni siquiera comer de manera normal.

La culpa había venido a visitarme un par de días antes de este desagradable episodio de mocos, pañuelos desechables, chochos y jarabes de ajo, limón y cebolla. Así, en pleno estado de reposo en mi habitación, en la que había estado pasando las últimas horas por una especie de paréntesis emocional en el que no tenía ganas de hacer absolutamente nada que no fuera leer o navegar por internet, la forastera se escabulló entre las sábanas y me agarró por sorpresa con su amargo sabor de boca: te las has pasado acostada Marcela, no estás siendo buena esposa, no estás cumpliendo con tus funciones de madre ni con Emma ni con el bebé que viene en camino porque no has hecho suficiente ejercicio ni te has tomado tus jugos verdes, estás comiendo mucho en la calle, tu casa parece un chiquero y estás reviviendo dolores de tu infancia que se suponía que ya habías resuelto. Entonces viene David y me pregunta cómo puede ayudarme, lleva y recoge a la hija de su clase de inglés y me prepara un desayuno porque hace varias horas que no he comido y me ofrece lavar los trastes después. No está enojado ni harto de mí y de mi paréntesis como creo que debe estarlo… como lo estoy yo conmigo misma. Toma culpa: carnita en bandeja de plata para ti y todas tus huestes.

Ella crece, se alimenta de mi desgano y de mi vergüenza porque no soy la que debo ser, se ríe de que no me atrevo ni a pedir perdón ni a perdonarme y entonces prefiero aislarme. “Inocente, pobre amiga”, parece decirme con sarcasmo, porque al guardarme en mi concha ella se vuelve más fuerte… y yo mucho más débil. Podría levantarme y sacudirme porque no hay nada que me lo impida más que una nube negra e imaginaria encima de mí a punto de soltar la tormenta, pero en lugar de eso decido hundirme y cuando quiero, por fin, intentarlo y asomar la nariz fuera de la madriguera, ya tengo encima a la famosa gripa/alergia/noséniquédiablos que me ordena que me lo piense mejor. Acepta la situación querida, parece que me dice el pícaro resfriadito, no te hagas la que entiendes y por dentro te deshagas en recriminaciones… ándale, acepta que es momento de recibir ayuda, de reflexionar en algunas cosas que tienes pendientes y de ser feliz con esta oportunidad que la vida te ofrece. Relájate y goza, como quien dice.

Entonces, después de un par de días de rociar con mis estornudos el polvo de los muebles de mi casa, entiendo por fin, porque es muy cierto que una es terca pero no es para tanto y porque siempre, siempre, siempre termina por emerger la luz. Por eso no quiero hablar tanto de la culpa como de la inocencia, porque para sentirnos culpables sobra quién quiera enseñarnos pero para lo contrario muy pocos se toman la molestia. ¿Y si le dijéramos al hijo que el vaso de leche que derramó en la mesa no es el fin del mundo y le enseñamos cómo se limpia? ¿O le perdonamos la ofensa al vecino que, por cierto, a lo mejor ni cuenta se había dado de que nos había ofendido? ¿O abrazamos a la adolescente que salió embarazada porque, quién sabe, es quizá cuando más necesite un abrazo? ¿O dejamos de buscar al culpable de la crisis, la guerra y la pobreza porque, muy probablemente, nunca lo encontraremos?

Así como se instala entre las venas, la culpa se cuela también entre las fibras de la familia y de la sociedad, retorciéndose y heredándose entre generaciones, inyectándose en el cuerpo desde que somos pequeños. Y el único tónico parece ser el reconocimiento de nuestra inocencia, de que si bien es cierto que podemos cometer errores, el error nos hace imperfectos y no culpables. La culpa es una condena, mientras que el error siempre viene con la esperanza de la corrección. Siempre se puede pedir perdón y siempre se puede perdonar porque, de una forma o de otra, todos hemos estado en los zapatos de quien estamos juzgando. Todos.

“No te claves en lo que sentiste en estos días, no fue más que un instante en tu existencia. Y como todo, eso también ya pasó”, me dijo David después del aguacero, cuando (¡ajá!) me sentí muy culpable porque me dejé vencer por los pensamientos destructivos. Y yo le creí porque ya había tenido suficiente por el momento. Así que al día siguiente me levanté temprano, hice una hora de yoga, me preparé un jugo verde y rescaté del olvido a mi escasísimo maquillaje para ir la parque y tomar las fotos de estas bolsas que terminé tres meses después de lo planeado y a las que quiero recordar toda la vida como el símbolo de lo que aprendí en este paréntesis emocional.

La inocencia no es algo que deba conquistarse, es algo con lo que nacemos y que simplemente debe recordarse y honrarse a través de la certeza de que por más que lleguemos a equivocarnos, la sentencia (propia y ajena) no será nunca lo que nos devuelva el bienestar porque el castigo generará siempre más culpa. Sabernos inocentes nos devuelve la identidad, lo que realmente somos y lo que todos buscamos en este mundo, lo cual está muy lejos del juicio. Si yo lo que quiero para mí es la indulgencia, ¿por qué no he de ofrecérsela a todo el mundo? Después de todo, lo que brindamos es lo que recibimos.

Seremos culpables mientras así decidamos sentirnos, aunque en el fondo ninguno de nosotros podrá jamás aventar la primera piedra, no porque ninguno esté libre de culpa, sino porque todos estamos llenos de inocencia.

FOTOS: David Josué. LOCACIÓN: Parque Los Encinos, Tecate, Baja California.

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100 algodón acolchado 13 pulgadas de ancho 15.5 pulgadas de alto asas de algodón y strap ajustable ziper exterior dos bolsitas exteriores con velcro

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