Bolsas de mandado ecológicas "Alicia" (VENDIDAS)

Me acuerdo cuando la decisión más difícil era entre el cereal o el sandwich para la cena. Entre la comedia o el drama en el Videocentro. Entre la falda o el pantalón para la prepa. A lo largo de mis casi 35 años he aprendido a relajarme a la hora de tomar decisiones… bueno, algunas decisiones, porque a otras les sigo otorgando el poder de acorralarme y (verídico) quitarme el sueño. Entre los que echan una moneda al aire para tomar una decisión y los que escriben listas con los pros y contras de cada opción, me identifico más con el segundo grupo, aunque mi esposo dice que soy más arrogante que eso porque ni siquiera llego a la fase de tomar el papel y la pluma, simplemente le doy vueltas en la cabeza a las ventajas y las desventajas. Como aquella cápsula en el programa de Chabelo donde los concursantes se encerraban para atrapar todos los papelitos (¿o eran envolturas de Gansito?) que pudieran entre los que revoloteaban ahí dentro, así me imagino mi cabeza cuando de pronto me veo parada frente a un sendero que se bifurca. Mi cabeza es esa cápsula y los papelitos son las ideas, revoloteando, chocando unas contra otras, a veces cayéndose y a veces levantándose pero siempre cosquilleándome para no irme hacia ningún lado. El concursante soy yo, mi verdadero yo, ansioso por atrapar alguno de los papelitos con la esperanza de que venga escrito en él la respuesta sagrada enviada por el mismísimo oráculo de Delfos. Tomo uno de los papelitos, leo un pro y mi balanza se inclina hacia el lado izquierdo… y luego llega otro papelito a acariciarme la mejilla y me muestra un contra, así que la balanza se va hacia el lado contrario. Y así bailoteo días y días de un lado hacia el otro, sin terminar nunca en ninguno porque, bien dice David, no apunto y me olvido.

Quizá esto de tomar decisiones "difíciles" no fuera para mí un suplicio si me concentrara más en el presente y no tanto en el futuro. ¿Por qué emprendo toda una batalla para tomar una de las opciones? Porque para futurear soy experta y cuando me imagino tomando el camino A, igualito que en los Google maps, mi cerebro cuenta con la tecnología para hacer un zoom al sendero seleccionado y vislumbrar todo lo que "podría" pasar en el trayecto. Hay cosas que me gustan de ese hipotético destino, hay otras que no, así que retrocedo hasta la bifurcación otra vez para tomar ahora el camino B e igual que antes, acercarme sólo en la mente para analizar (por si no había sido suficiente análisis ya) cada florecita y piedrita de la nueva vereda. Y no creo que esté mal estudiar las opciones, pero en mi caso, hay veces en que tantas vueltas a cada una de ellas terminan por alejarme más de la respuesta en lugar de acercarme.

La experiencia en la toma de decisiones "difíciles" en mi vida (¿qué voy a estudiar?, ¿me quedo en el trabajo donde estoy o me voy al otro que me están ofreciendo?, ¿en qué escuela voy a meter a mi hija?, ¿nos quedamos en Monterrey o nos vamos a Tecate?) me ha mostrado que no se puede decidir realmente si no sueltas antes el temor a equivocarte. Platicando ayer con David sobre la confusión en la que me he sumergido durante estos días por una decisión "importante" que debo tomar, me contó que una vez leyó en algún lado que realmente nunca decidimos nada, creemos que lo hacemos, pero no es así. Creo que tiene razón. Creo que si tomamos una decisión con aunque sea una mínima reserva por lo que podría pasar o un mínimo de añoranza por lo que hubiera sido de haber tomado la otra opción, no podremos estar nunca en paz con lo que escogimos. Y si no hay paz, ¿qué importa entonces qué decisión tomemos? En cambio, si soltamos todo afán por controlar, confiamos en que la vida siempre sabe más y optamos con tranquilidad por el camino que la fe, la intuición, el análisis, el consejo, la inercia, la mayoría o lo que sea nos señale, la ruta seleccionada siempre nos traerá paz. Y si hay paz ¿qué importa entonces qué decisión tomemos?

Por eso entrecomillo lo difíciles e importantes que son las decisiones que debemos tomar, porque ya empiezo a dudar de tal dificultad e importancia. Empiezo a entender más al sabio gato de Cheshire en su diálogo con Alicia:

- ¿Me podrías indicar hacia dónde tengo que ir desde aquí?- pregunta Alicia.

- Eso depende de a dónde quieras llegar- responde el gato.

- A mí no me importa demasiado a dónde.

- En ese caso, da igual hacia dónde vayas.

- Siempre que llegue a alguna parte.

- ¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte, si caminas lo bastante.

 

Y hablando de decisiones, no pude decidirme por cuál tamaño era mejor para hacer esta bolsita multiusos que parece bolsa del mandado, pero muy ecológica por su material... así que hice chica, mediana y grande.

BOLSAS "ALICIA" 

Exterior y forro de loneta

CHICA: 11 pulgadas de alto, 10.5 pulgadas de ancho y 5.5 pulgadas de profundidad

MEDIANA: 14.5 pulgadas de alto, 12.5 pulgadas de ancho y 7.5 pulgadas de profundidad

GRANDE: 18.5 pulgadas de alto, 16 pulgadas de ancho y 7.5 pulgadas de profundidad

"ALICIA" CHICA

"ALICIA" MEDIANA

"ALICIA" GRANDE