Tengo un par de amigas milagrosas. Les digo así porque las tres leemos un libro de espiritualidad que se llama Un Curso de Milagros y nos reunimos de vez en cuando para comentarlo. Aunque, a decir verdad, no sólo por esta razón las bauticé así. También porque en cada encuentro estas dos mujeres obran milagros en mí.

Siempre nos vemos en cafés o restaurantes para comer o desayunar, como cualquier grupo de amigas para las que resulta imposible concebir una jugosa charla sin un suculento platillo enfrente. Como si en algún punto de la historia se nos haya encomendado la tarea de honrar este combo de la plática con el menú… y nosotras gustosas hayamos adoptado tal cometido. A lo largo de mi vida me he encontrado con mujeres que parecieran irse al cielo con cada mordida de un buen panini o sorbo de un exótico café. Este par de sibaritas pertenece a ese grupo de las que no separan el alimento del cuerpo con el del alma, de las que acompañan el placer de la compañía con el olor del pan recién horneado y el sabor agridulce de la nieve con fresas. ¿Que en el lugar sirven una ensalada de espinaca con queso feta y nuez caramelizada, el mesero te atiende como reina sin tenerlo encima todo el tiempo y las mesas están lo suficientemente apartadas entre sí como para soltar sin temor nuestros gozos y desventuras? Entonces es un buen lugar para nuestra reunión.

Al llegar nos ponemos al corriente de los acontecimientos ocurridos en las últimas semanas que transcurrieron sin vernos y lo hacemos tan pronto que pareciera que esas semanas hubieran sido un día. Empieza una y no termina cuando sigue la otra, abriendo temas que se concluyen más tarde o que jamás lo hacen, brincando de un tiempo a otro como niñas en juguetería, saboreando cada relato como si hubiésemos estado ahí, a un lado de la heroína. Del pasado al futuro y luego de vuelta al presente, así vamos recorriendo con la plática un camino que nadie más que nosotras entiende y que, por cierto, nunca termina, porque siempre queda abierto para la próxima ocasión.

Saciada la sed de saber qué ha pasado con nuestras vidas nos estacionamos en algún tema del curso milagroso, aunque, si nos ponemos bien honestas, el libro muchas veces se queda con las ganas de ser abordado gracias a nuestro avanzadísimo estudio de los azares de la vida y el destino. Pero aunque en varias ocasiones nosotras mismas nos propongamos aquello de "Reunámonos sin texto" y charlemos de lo que se nos venga en gana, la verdad es que el diálogo nos lleva de la mano invariablemente al seno de la introspección y al recordatorio de que el amor está siempre a la vuelta de la esquina… o mejor aún, en nuestras narices. Es en la vida cotidiana donde encontramos los milagros que creemos estudiar a fondo cuando nos colocamos el disfraz de filósofas o intelectuales. En los triunfos y en las batallas perdidas, en la dicha y en el dolor, en el lugar al que soñamos llegar y en el que ya estamos el día de hoy, de pie.

A las milagrosas les debo varios reencuentros con el placer: el que le tengo a las charlas interminables, a la buena mesa y a la amistad siempre abierta. Les debo el recordatorio de lo fugaz y subjetivo que es el tiempo, porque cuando uno se reúne con gente que quiere, éste parece retomarse justo donde se quedó la última vez. Les debo haber retomado el Curso de Milagros que había puesto en pausa desde que me fui de Monterrey; pero sobre todo, les debo el acercamiento conmigo misma y con lo que soy por dentro, que a final de cuentas no creo que sea muy distinto de lo que somos todos: seres buscando amor y regocijándonos cuando lo encontramos.

A este grupo de tres estrellas fugaces que se rozan sólo de vez en cuando, pero que siempre que logran coincidir ocurre un milagro, dedico estas tres bolsas distintas en la forma e idénticas en el fondo.

FOTOS: David Josué     LOCACIÓN: Ochentos, pizzería rústica, en San Antonio de las Minas, B.C.

 

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