Lo primero que hago en la mañana al levantarme, con el ojo todavía hinchado, la vejiga ocupada y el cuerpo entero implorándome un vaso de agua, es abrir las ventanas de mi casa. No rayo para nada en la claustrofobia, pero no me gustan los lugares encerrados o con mucha gente apretujada, así que abriendo las ventanas me despido del recogimiento nocturno y le doy la bienvenida a la luz del día que inunda mi cocina y mi sala, al aire nuevo que viene a reemplazar al que se quedó estancado de ayer y al ruido de los carros, el canto de los pájaros y las voces de los transeúntes que me recuerdan que hay un mundo allá afuera. La mañana me suena siempre a un nuevo chance… el sol barre los errores y arrepentimientos de ayer. Hoy el alba me brinda un borrón y cuenta nueva. Ya quisiera yo abrir así de pronto las ventanas de mi alma. Soltar lo viejo y abrazar los comienzos, como en los años nuevos, los deseos al recién nacido o los tímidos primeros pasos después de un rompimiento. Que la luz lavara las telarañas del espíritu y sacudiera el polvo de los pensamientos arrinconados a fuerza de apilarlos unos sobre otros luego de tantos años. Y que el aire fresco del amanecer sustituyera las desgastadas manías por nuevos bríos para acoger a la vida como lo que es: una oportunidad. Si yo abriera mis ventanas.

¿Por qué nos es mas fácil acumular que liberar? ¿Resistirse que dejarse fluir? Ayer veníamos en el carro rumbo a la casa mientras caía la tarde y Emma nos dijo: "¡Miren la luna!" Y su nina Magaly le contestó: "Mira Emma, está feliz porque se está riendo". Ella sonrió también y luego dijo: "Y el sol ya se está metiendo porque ya salió la luna". Como diciendo: al sol ya le toca meterse, ahora es el turno de ella; y así es como es, ninguno de ellos se empeña en lo contrario. Al sol le toca asomarse en el crepúsculo y despedirse al atardecer, como al miedo le toca advertirnos de un riesgo y decir adiós cuando estamos a salvo, al coraje invitarnos a luchar por lo que queremos y marcharse cuando lo hemos conseguido, a la tristeza permitirnos detener el paso para reflexionar y buscar el apoyo del otro y partir cuando la pérdida ha sido superada. No les toca encontrar refugio, amontonarse y ulcerarse en el cuerpo para luego entumirnos y anquilosarnos. Es el hábito de mantenernos cerrados lo que no les permite encontrar la salida de emergencia.

¿Con qué nos encontraríamos si abriéramos nuestras ventanas? ¿Qué podría mostrarnos la luz del nuevo día que quedó encerrado en nuestra casa? Y mejor aún… ¿a qué nuevos sonidos, olores, sabores, imágenes y caricias les daríamos entrada con tal apertura?

A esa claridad a la que mucha veces le sacamos la vuelta me recuerda esta bolsa. Muchas gracias a mi hermosa ahijada y sobrina Nicole por modelar para estas fotos, y muchas gracias como siempre a mi amor David Josué por estos encuadres.

 

BOLSA SUNSHINE

Algodón acolchado

14 pulgadas de ancho por 10 pulgadas de alto

5 pulgadas de profundidad

correas de 20 pulgadas

5 bolsas interiores y una bolsa exterior

SUBASTA CERRADA. BOLSA VENDIDA A ALMA FRANCO.