El fin de semana me di cuenta que cometí un error de comunicación que provocó un malentendido. El efecto que tal experiencia tuvo en mí fue tan intenso, que me dejó prácticamente todo el sábado pensando sólo en eso. Al principio (he de confesarlo) le di rienda suelta a mi amiga la culpa, pero luego de que mi sábado iba dándole paso al domingo me dije: Yo creo que ya estuvo suave, en vez de invertirle tanta energía mental al remordimiento por lo que dije mal, mejor vamos viendo de dónde viene tal inquietud. Cuál es la raíz del desconcierto. De qué está hecho el lugar donde se gesta mi desazón. Ajá, así de freak me pongo cuando se trata de desenmascarar una emoción enterrada. Me considero una viciosa del rasca-huele emocional, porque creo firmemente que merodeando en nuestra sombra (aquello que nos negamos a ver de frente) es como damos un brinco en nuestro desarrollo como seres humanos. Una cree que la edad le trae envuelto el regalo de la madurez, y claro que nuestra forma de ver el mundo ahora no es la misma que diez años atrás, pero no cabe duda de que si hay alguna lección que no hemos terminado de aprender, el maestro seguirá apareciéndose en nuestra vida de una y mil formas para hacernos el favor de la asesoría o el examen extraordinario. A mí el maestro se me apersonó el sábado para enseñarme que todavía (a pesar de la edad, que no es mucha by the way jajaja) tengo mucho de perfeccionista y mis niveles de autoexigencia se salen del rango saludable en algunas áreas de mi vida.

Me pido demasiado y no me gusta equivocarme, mucho menos cuando el error afecta a otros. Es curioso que en algunos aspectos soy bastante relajada y la vara con la que me mido suele ser muy ancha, como la forma en que me visto, el arreglo de mi casa o la puntualidad. Pero en otros, como la educación de mi hija, la alimentación o practicar la justicia sí me pongo loquita con los límites. ¿Será una onda astrológica (soy Géminis)? jajaja, no lo sé. Lo que sé es que el sábado me sirvió para recordar que en el equilibrio está siempre la paz. Hay cosas que a una literalmente se le resbalan, y estoy segura de que nunca se me podrán resbalar algunas otras en las que me exijo mucho, pero sí puedo encontrar un balance.

Creo que por eso amo coser, porque mientras creo me permito ser yo, me permito equivocarme. Mis bolsas no son perfectas porque no las hizo una máquina industrial que hizo cinco mil iguales en serie. Me acuerdo que al principio me costaba mucho trabajo aceptar que una costura me quedara chueca o un doblez no estuviera impecable; en cambio ahora es de los detalles que más valoro en mis bolsas, cobijas o mandiles. Después de mi sábado me prometo recordar que, como mi bolsa, soy hecha a mano, y que es precisamente eso lo que me hace valiosa, porque no es en la perfección donde encontramos la paz, sino en la convicción de que somos y hacemos siempre lo mejor que podemos de acuerdo a nuestras herramientas en ese particular momento de  nuestra vida.

 

BOLSA PATCH

100% algodón

11x14 pulgadas

correa ajustable

1 bolsa interior

 

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