Bolsa-organizador "Hermann" (VENDIDA)

En agosto de este año cumpliré 15 años de haber conocido a David. Mi camino se cruzó con el suyo en 1997 frente a la cafetería El Borrego, en el Tec de Monterrey, donde mi amiga Ivonne Herrera nos presentó por primera vez. Y digo "primera vez" porque nos presentaron unas dos o tres veces más después de ésa, en el cine, en la biblioteca de la escuela y no recuerdo la otra. En el caso de dos olvida-nombres como él y yo venía bien tanta introducción, pero la verdad es que ese día y frente a esa cafetería, su nombre y su cara nunca se me olvidaron. Con el riesgo (o certeza) de caer en un lugar común, cliché, frase hecha o discurso gastado, les contaré que lo que me hizo recordarlo fueron sus ojos, dos honestos tragaluces de un corazón sosegado. Yo tenía 20 y él 21. Uy, los veintes. Yo, como cualquier veinteañera que se respete, tenía mi vida hecha un remolino de emociones después de un cambio de carrera, de casa, de ciudad y de vida. Me faltaban horas en el día para atragantarme con el mundo. Y luego me topo con David, que para sacar un cigarro de su cajetilla, prenderlo y llevárselo a la boca tardaba dos horas. El ojo se me salió y la quijada se me fue al piso. ¿Que parece escena de caricatura barata? Ajá, pues así.

Así llevo casi 15 años junto a un hombre que me deja con la boca abierta muy seguido. Abrí la caja de Pandora de sus virtudes en aquel 1997, cuando descubrí su quietud, no sólo para fumarse un cigarro, sino para tomarse la vida. Su calma me tranquilizó, me sentí en casa otra vez. Unos meses después nos hicimos novios y el primer abrazo que me dio después de eso lo tengo tatuado en la memoria. También fue lento, suave, tierno, amoroso, como mecer a un niño recién nacido, como acariciar las alas de un pájaro, como soplarle a un diente de león para enviar al cielo sus decenas de cabellos blancos.

David es paz, es mi hogar, es una canción de cuna. El puerto que me ampara de mis propias desconfianzas, donde me aquieto. Es quien me abre la puerta de la posibilidad, quien trae hasta mi ventana la dulce serenata del incondicional, quien me recuerda lo que de verdad soy. Gracias David por estos 15 años de una travesía cada vez más luminosa. Algo bueno debí haber hecho en otra vida, que ésta me obsequió con el pan mío de cada día.

Te amo y te amaré siempre.

Buscando libros para tomar la foto de esta bolsa-organizador me topé con una edición de "El lobo estepario" de Hermann Hesse que le regalé a David en 1998. En la dedicatoria le pedí que luego me prestara el libro para leerlo y después de 14 años no lo he hecho, así que tengo tarea.

 

BOLSA-ORGANIZADOR "HERMANN"

14 pulgadas de ancho por 16 pulgadas de alto