Muy seguido, David me pregunta qué es lo que más me gusta de la vida. En ocasiones me toma desprevenida y le contesto sin pensar mucho al respecto, pero si me pongo muy analítica, expresiva e incluso hasta filosófica, podría soltar una retahíla de ideas entre las que muy seguramente no se me escaparían cosas como la calórica e inigualable nieve de nuez con caramelo de la Thrifty, los días lluviosos, dormir ocho horas seguidas, los temas de desarrollo humano, la cocina, ser madre, la música de Regina Spektor, leer y escribir y leer y escribir y leer, crear cosas con las manos, comer pizza, quedarme toda la tarde en Barnes & Noble y un largo, larguísimo etcétera. Pero si David se pone exigente y me orilla a escoger sólo una, podría decirle que lo que más me gusta de la vida es estar cerca de la gente: amigos, familia, extraños incluso. Tomar un café con una amiga, hacer una carne asada con la familia, viajar en carro con mi esposo, escuchar a un conferencista, platicar con Emma, tomar una clase de costura, escuchar la anécdota del que se te acerca en la fila… todo mientras haya contacto humano a través del habla. Y si en el contacto se puede que la persona en cuestión me suelte una (o varias) de sus historias, el gusto es exponencial. El encuentro con el otro para mí es casi casi como un milagro: es el acontecimiento más cotidiano del planeta, pero a la vez el más complejo. Nunca voy a olvidar una frase que un día leí por ahí que dice: No vemos al otro como es, lo vemos como somos (sorry, al autor sí lo olvidé, pero hay tantos que lo han dicho ya, aunque de diferentes maneras, que no me extrañaría que podríamos ya considerarlo como sabiduría popular). Pero es cierto. Sin excepción, en cada encuentro el otro hace las veces de un espejo en el que podemos ver reflejado nuestro mejor o peor lado. ¿Que te exasperó la cajera del supermercado? Búscale un poquillo entre los guardados que traes dentro. ¿Que admiras ese brillo que casi casi puede tocarse en la enfermera que te atendió en el hospital? Revisa en tus niveles de destello personal. Uno decide qué lado refleja en el prójimo, por lo tanto, qué lado ve.

La semana pasada hicimos David y yo un viaje a San Francisco, donde nos subimos a un camión en la calle Market, de las más transitadas del centro de la ciudad. Entre el gentío había un señor de tez morena y mezcolanza oriental en su rostro, al que le calculé unos 50 años de edad más o menos. El hombre no paraba de gritar que Dios nos ama, que la venida de Jesucristo está cerca, que nos arrepintiéramos de nuestros pecados, que amáramos a nuestros padres, que lo escucháramos con atención. Lo hacía de una forma desesperada y cada vez elevaba más el tono de voz, salpicando incluso algo de saliva entre grito y grito. Un joven rubio con estilo militar en su vestimenta y varios tatuajes en su blanquísima piel le gritaba que se callara, pero nuestro profeta ahogaba la orden con un rugido aún más fuerte: "¡¡¡Tú cállate!!! ¡¡¡Escúchenme!!!". No dejaba más que un par de segundos para recuperar el aire y seguir con la perorata. David y yo íbamos de pie tomados del tubo del camión, observando la peculiar escena. Una mujer oriental de mediana edad le gritaba a la conductora que hablara inmediatamente al 911, otra que se veía más hispana calmaba a su marido que se quejaba por lo bajo con el puño cerrado, como con ánimos de levantarse y propinarle un golpe a nuestro gritón.

Un par de mujeres inglesas que ya rozaban los 60 años y que también iban de pie a nuestro lado no paraban de reír, así que me quedé con la atención en ellas. Comentaban una a la otra el suceso y reían discretamente, como si no se tratara de un hombre de 50 años apanicando a una muchedumbre apretujada en un camión, sino de un niño de tres años haciendo alguna gracia para llamar la atención. El señor entonces tomó el megáfono que traía colgado al hombro para incrementar la intensidad de su mensaje divino, en caso de que no lo hubiéramos escuchado bien. "Oh mira, ahora va a hablar con el megáfono", le dijo una inglesa a la otra y muy poco les faltó para que su carcajada se escuchara todavía más fuerte. No se veía ni un dejo de inconformidad en sus rostros, más bien un gesto entre la compasión, la paz y la despreocupación. Y ahí, entre quienes se embarraban en las paredes del autobús para que pasara el hombre envuelto en los comentarios de desaprobación al llegar a una parada donde lo esperaba un trío de uniformados, me quedé con las británicas y su forma de percibir el asunto. Nuestro mensajero fue uno en la realidad, pero sin duda cada pasajero se llevó uno diferente a su casa. ¿Cuántos seríamos los testigos? ¿Unos cuarenta y cinco? ¿Cuántos los profetas-gritones? Voy cayendo en cuenta que yo me traje a un profeta-gritón. Las inglesas quizá a un niño de tres años.

Total que lo que más me gusta es ese cambalache de ideas, posturas, creencias, historias, usos y costumbres. Si yo veo en el otro lo que soy y el otro ve en mí lo que es, ¿qué espacio queda para el desacuerdo, el conflicto y la acusación? Mi religión me dice que no nos queda más que amarnos y perdonarnos para no ver en el otro más que amor y perdón.

Pero bueno, ¿que qué tiene que ver todo este rollo con la nueva bolsa My Pumpkin, "One Leaf"? Que si eres una mujer embarazada o con un bebé verás una pañalera, que si eres una estudiante verás una mochila, que si eres una tilichera verás un bolsa a la que todo le cabe (aquí me apunto yo jajaja), que si eres de gustos coloridos verás un patrón chidísimo, que si eres ecológica verás las hojas de los árboles, que si eres generosa verás un regalo para esa próxima cumpleañera. Podrás ver lo que sea… "One Leaf" no es más que una bolsa hecha a mano con chingos de amor ;)

Eso veo yo en la bolsa, pero en esta ocasión tengo que decir que lo que más me gusta son las imágenes, porque en ellas veo a una mujer apasionada, intensa, amorosa, inquieta, honesta, excelente amiga, madre y esposa: veo a mi hermana Alejandra, a quien amo con el alma y le agradezco haber modelado para estas fotos en Rosarito, Baja California.

 

BOLSA "ONE LEAF"

100% algodón con relleno acolchado

16.5 por 13 por 4 pulgadas

correa ajustable

dos bolsas frontales con velcro, dos bolsas laterales y una bolsa posterior

cinco bolsas interiores (una de ellas con ziper)

ziper exterior para cerrar la bolsa completa

 

SUBASTA CERRADA. BOLSA VENDIDA A DANIEL AGUILAR.