Bolsa "Milagros" (VENDIDA)

Hoy fui víctima de un milagro. ¿Víctima?, le pregunta Lucía. Sip, víctima. ¿Y eso? Me llegó por sorpresa, no me lo esperaba… no cabe duda de que los milagros ya no son como antes. ¿Como antes? Ajá: bien escogiditos, bien pediditos, bien entendiditos. ¿Como a qué hora perdiste la razón? El milagro de hoy ni lo escogí, ni lo pedí, ni lo entendí. Pobrecita. Eso es lo que yo digo: víctima. A ver pues, cuéntame. Me levanté muy temprano porque quería que el día me rindiera. Ya ves lo que dicen: Al que madruga, Dios le ayuda. Yo quería que me ayudara porque a la semana pasada le faltaron horas y a como pintaba ésta, no parecía que el asunto fuera a mejorar. El café me lo hice instantáneo, así que ahí me ahorré dos minutitos. Me lavé nomás el cuerpo: otros cinco. Desayuné un plátano mientras agarraba mi bolsa, las llaves y mis lentes y cerraba la puerta de la casa: quince minutos (¿alguna pieza de museo que cocine su desayuno y lo coma sentado en la mesa en pleno siglo 21?). Todo para que el carro no prendiera. Mis veintidós minutos por el caño. Al más puro estilo de "Run Lola Run" corrí yo también, con el griterío de los niños de la primaria de la esquina como único soundtrack, hasta que llegué a la parada del camión. El autobús llegó luego luego, y si tomamos en cuenta la cultura vial de los camioneros en esta ciudad, empecé a saborearme mis veintidós minutos de regreso.

¿Y el milagro?

Con la mirada perdida en la ventanilla deslavada por las estampas barridas de la panadería, el sol, los peatones y los árboles en el camellón, me eché apenas un pestañeo cuando sentí el frenón en mi bajada. Vi el reloj y mi economía seguía intacta: veintidós minutos a mi favor. Aceleré el paso otra vez para romper récord en las tres cuadras que me faltaban para llegar al trabajo. Las hierbas olorosas a humo vehicular que se abrían paso triunfantes entre el cemento agrietado de las banquetas terminaron sus días pisoteadas: una. A mi mente no la asalta ningún otro pensamiento más que el de aventar a la fregada estos tacones: dos. Una cuadra y ya, una cuadra y ya, una cuadra y ya: tres. Me ahorro un minuto más. Empujé la puerta de cristal y luego de ver el filón en el elevador, escogí las escaleras. Tres minutos pour moi. Llegué barrida a mi escritorio, aventé la bolsa y los lentes y tiré a la basura la cáscara del plátano. Sólo porque tengo el brazo largo alcancé a pescar mi cuaderno y llegué a tropezones a la sala de juntas, donde ya estaban todos sentados. Casi casi escuché un quejido de la silla cuando caí encima de ella, con el corazón todavía en mi escritorio. La sangre me regresó poco a poco, mientras el orgullo de los 26 minutos atesorados me hinchaba el pecho.

¿Y el milagro?

Los minutos no estaban ahí Lucía, donde los dejé. Llegué a mi casa en la noche arrastrando los pies y cuando los busqué para hacer con ellos lo que me diera la gana no los encontré. ¿Te das cuenta? Me he venido ahorrando desde hace años los minutos como una loca para valerme de ellos en momentos como éste y la alcancía está vacía. El milagro me los robó. En su lugar me dejó el aroma del café recién hecho que no olí al despertar, el abrazo de las gotas de agua fresca en la regadera que no sentí en mi piel, el dulzor del plátano que no saboreé cuando salí de mi casa, la música de las voces infantiles que no escuché mientras corría al camión y la mirada compasiva del pan saliendo del horno y del sol y de los peatones y de los árboles que no vi cuando los tuve enfrente.

¿Y no lo escogiste, no lo pediste ni lo entendiste?

No... parece que ahora así son los milagros. ¿O así serían siempre?

 

BOLSA "MILAGROS"

Loneta acolchada

14 pulgadas de ancho, 12 pulgadas de alto y 6 pulgadas de profundidad

correas de 26 pulgadas

Muchas gracias como siempre a David Josué por las fotos, al café Rogavios por darnos chanza de usarlo como locación y a Denise, que nos atendió tan bien en el cafecito.