Hace 20 años mi mamá regresó a la luz. Vivió cuatro décadas, se casó, tuvo cuatro hijos, se tatuó una perenne carcajada en el rostro y luego volvió con Dios. Ríos de gente se despidieron de ella y me dieron a mí un abrazo de consuelo. En el velorio, yo llevaba puesto un pantalón azul marino y un suéter blanco porque en mi clóset no había nada negro. Y esa ropa me la escogió mi abuela, porque los leggins y la blusa rosa fucsia con amarillo y naranja no le parecieron apropiados. Entonces yo tenía 14 años y mi mamá, amante del rosa, el amarillo, el naranja y cualquier otra gama chillante, ya no estaba conmigo. Con ella se fueron las tonalidades vivas y mi ropa, mi mochila y mi casa se pintaron de gris, café, negro y beige. El intenso dolor de su partida me robó varios recuerdos, pero si hay uno que atesoro en la memoria es su "rosa mexicano", como ella le decía a este rosa que casi casi quiere ser rojo. Cuando era niña el cerco de mi casa era de este color. Puedo asegurar que era la única de la cuadra con este pintoresco tono. Nada más un "En la casa blanca con cerco rosa" y resultaba imposible que alguien no pudiera encontrarla. Después del blanco mi mamá escogió un rosa más claro para la casa, y entonces sí, no hubo lugar a dudas de que este color le gustaba. En esta especie de algodón de azúcar transcurrió mi niñez, mientras ella platicaba con las vecinas a través de la reja arrebolada, o yo me colgaba de ella para columpiarme cuando mi papá la abría para llevarnos a la escuela.

La bugambilia frente a mi casa que en el desierto clamaba a diario un chorro de agua también combinaba con los morados, guindas y rosas de sus blusas, faldas y vestidos. Igual que en la vanidosa planta, los tonos intensos en el guardarropa de mi madre explotaban en una danza como de fuegos artificiales, donde cada uno competía por lucir más prodigioso que el otro. Es cierto que eran los ochenta, así que además del gusto estaba la influencia; pero ya sea por una cosa o la otra, a mí no se me olvidan los aretes, pulseras y collares igualmente salpicados con el fucsia de la bugambilia que en primavera me arropaba con el olor a tierra mojada cuando mi mamá la regaba en las tardes y en el otoño alfombraba de guinda el patio de mi casa.

El mismo matiz me encandilaba en sus mejillas, labios y uñas, toda la vida impecablemente limadas y barnizadas gracias a su fiel y muy constante visita al salón de belleza, de donde yo salía borracha de peróxido, acetona, fotos de revistas y comadreo de las señoras, pero feliz de verla orgullosa con un nuevo tinte, corte o escarlata en sus pies y manos. Ahí me tomaba de la mía para cruzar la calle y subirnos al carro. Su mano recién humectada, todavía olorosa al perfume de la crema y el coqueto esmalte, y la mía con la piel suave y las uñas pálidas de la infancia, se unían por unos segundos que yo siempre me imaginé eternos, pero no lo fueron...

Me hizo falta tu mano muchas veces mamá, y tu abrazo, y tu risa, y tu plática con las vecinas. Me hizo falta tu rosa mexicano, tu vida y tu intensidad para vivirla. Creí que no estabas cuando crucé la calle para irme a vivir fuera de casa, para graduarme de una carrera, para aceptar un trabajo en el que no me sentía capaz, para casarme con el amor de mi vida en la misma iglesia en donde tú lo hiciste, para entrar al hospital en el que me convertiría en madre. Me hiciste falta porque creí que te habías ido y me tardé 20 años para convencerme de que no había sido así.  Me tardé 20 años para descubrir tu mano en cada uno de estos instantes y en cada milésima de segundo en mi vida. Que bueno que para ti no existe el tiempo, que no te das cuenta que me tardé. Y que bueno que, si lo pienso mejor, realmente no lo hice, porque ¿qué importa lo que yo haya pensado si ahora sé que estuviste ahí? Mi berrinche porque no te veía con los ojos del cuerpo me duró 20 años, pero si es verdad que el tiempo no es lineal, ahora estoy de nuevo en ese 9 de marzo de 1992 frente al espejo del baño haciéndome una cola de caballo para ir a la escuela, vuelve a sonar el teléfono y vuelve a correr mi papá a la recámara de mi hermano para abrazarnos y vuelve a darnos mi abuela la noticia. Pero yo no vuelvo a desconfiar, ahora estoy segura de que siempre estás, estarás y estuviste aquí. Ahora voy a ese velorio con los leggins y la blusa rosa fucsia con amarillo y naranja.

Dedico esta bolsa fucsia a mi mamá Lupita, porque tiene todos esos colores que había olvidado y ahora recuerdo.

BOLSA LUPITA

15 pulgadas de ancho por 19 pulgadas de alto

5 pulgadas de profundidad

22 pulgadas en las correas

bolsa frontal y bolsa interior