La soltamos varias veces al día, a veces hasta inconscientemente. La escribimos en notitas después de una boda. En Estados Unidos la celebran todos los noviembres. La inculcamos a los hijos hasta que no les queda más remedio que repetirla igual que los adultos. La compramos en tarjetas de Hallmark en el supermercado. En lo personal, la extraño en el Padre Nuestro. La implicamos en ese gesto amable, ese regalo o ese favor no solicitado. La sobamos, la cantamos, a veces la negamos, la recordamos o la olvidamos, la acariciamos y en ocasiones hasta la reclamamos. A pesar de su vastedad, en nuestro idioma no hay muchas formas de decir "Gracias". Contamos sólo con una palabra para expresar de forma verbal lo que particularmente considero de los sentimientos que nos acercan más a nuestra esencia. Qué bueno que no nos basta el idioma. Qué bueno que hay otras formas de hablar… otras formas de agradecer.

La gratitud honesta, esa que te infla el alma y te hace sentir grande y a la vez pequeño porque te acuerdas de que no eres más que una partícula de lo verdaderamente eterno, te sonsaca una sonrisa perenne que no te puedes borrar del rostro, te levanta del sillón para devolverle algo al Universo, te hace confiar en que todo forma parte de un plan divino. ¿Y a quién le hace falta escuchar la palabra "gracias" cuando por ahí deambula uno más con la risita que parece no tener fecha de caducidad, con la generosidad para actuar y con la fe en que aquí lo que pase, ha de pasar? El mundo gana más con sonrisas, desapego y confianza que con palabras.

A veces el "gracias" no me alcanza cuando despierto a un día nuevo, cuando mi hija me abraza con devoción, cuando tengo frente a mí un plato de sopa caliente, cuando mi esposo regresa de viaje, cuando mis hermanos vienen de visita, cuando recibo un mensaje de simpatía por lo que hago, cuando tomo conciencia de mi salud, cuando recuerdo a mi madre, cuando veo todas las manos que nos han tendido desde que llegamos a Tecate, cuando me llama una amiga por teléfono, cuando tengo tres horas seguidas para coser, cuando mi papá y Martha nos invitan a comer, cuando quiero hablar con Dios. Agradezco acariciando la palabra otra vez, pero luego sonrío, me desapego y confío. Es lo que tengo para sentir que de verdad reconocí el regalo que me fue dado.

Mi amiga Daniela González me llevó una vez a otro nivel de agradecimiento. Yo le pregunté qué se debía hacer cuando una persona te hacía o decía algo que no te gustaba o te molestaba. Agradece, me dijo. Agradece a ese maestro o maestra, porque te está mostrando una parte de ti misma con la que todavía tienes trabajo pendiente, pues de lo contrario no te molestaría. Siempre me acuerdo de su consejo. ¿Te incomodó lo que te dijo "julanita" (como dice Emma)? A ver… ¿qué orgullo hirió?, ¿qué creencia tuya hizo pedazos?, ¿te hizo enojar porque lo que dijo es verdad? Te agradezco entonces julanita, porque lo que viniste a mostrarme lo tenía tan escondido que su peso no me permitía volar más alto.

Así que recapitulando: ¿agradecer qué? Todo, diría yo. TO-DO. Porque todo es un regalo, porque si lo vemos bien, todo (TO-DO) nos ayuda a crecer.

Esta es una de las razones por las que amo las calabazas, porque me recuerdan el Día de Acción de Gracias y la gratitud por la cosecha. Las otras razones, luego se las platico ;)

 

BOLSA "GRATEFUL"

100% algodón

13.5 pulgadas de alto por 12.5 pulgadas de ancho

4 pulgadas de profundidad

una bolsa exterior y una interior con ziper

broche de plástico y aros de metal

correa ajustable

SUBASTA CERRADA. BOLSA VENDIDA A CELESTE DUKES.