Un billete de cincuenta pesos en la bolsa de la chamarra del invierno pasado. El último ejemplar del libro que buscabas en la librería. Un vaso de root beer con harto hielo en un restaurante mexicano. Diez minutos de retraso en el vuelo que estabas a punto de perder. La aguja en el pajar. La llamada por teléfono de esa persona que extrañas. Un trébol de cuatro hojas. Una canción que nunca habías escuchado y que te enchina la piel. El calcetín perdido en la lavadora. La palabra que falta para terminar el crucigrama. La última galleta de la caja que creías vacía. El huevo de Pascua con tu dulce favorito dentro. Todos los días, sin excepción, traen reservado un tesoro; podemos verlo o no, pero ahí está. Los tesoros más excitantes son los que encontramos sin mapa, con la fascinación que trae consigo la espontaneidad y la sorpresa, como ese billete de cincuenta. En mi vida me he topado con varios. Uno fue cuando a mi prueba de embarazo le salieron dos rayitas. Otro cuando mi jefe me subió el sueldo sin haberlo pedido. Uno más cuando me enteré que Bebel Gilberto venía a México. Otro cuando escuché los primeros acordes de un mariachi que David contrató para una fiesta y sacó de su chamarra un anillo de compromiso. Cuando vi "Amélie". Cuando tuve a Vargas Llosa frente a mí. O cuando David ganó un concurso de foto en un evento que yo estaba reporteando.

Aunque la sensación cuando el destino nos sacude con un evento súbito que nos saca de la inercia en la que generalmente estamos sumergidos impacta principalmente en el estómago y el corazón, todo el cuerpo se inunda de un estado de alerta que, si tenemos suerte, nos mantiene por un par de segundos más despiertos que nunca. El torrente de placer que empieza a transitar por las venas nos empuja fuera de la caverna de Platón. Sigue siendo el mundo de los sentidos, pero esa chispa que lo inesperado enciende en nuestra conciencia nos deja descorrer el velo aunque sea por un brevísimo instante para experimentar el éxtasis. Luego volvemos a la cueva, pero sin duda, sin ser los mismos.

Confieso que antes de ser madre nunca me detenía a observar a un niño, pero ahora soy una loca de ellos. Me enloquece ver cuánto tiempo les dura la sorpresa y, sobre todo, cuántos tesoros encuentran en un solo día. Ojalá los adultos descubriéramos la mitad y en cada encuentro nos durara el éxtasis al menos un pedazo de ese tiempo que les dura a ellos. Entonces el mundo no sería diferente, pero nosotros sí y creo que con eso bastaría.

A los pocos meses de haber llegado a Tecate me encontré con un tesoro en Rancho San Diego: la tienda Cozy Quilt Shop, ubicada a cuarenta minutos de mi casa. Ahí encontré el patrón de esta bolsa que ahora les comparto y que siempre me recordará el delirio que me abrazó cuando entré por primera vez a este oasis cuiltero. El lugar donde David Josué tomó las fotos también fue una sorpresa, sobre todo la parte en la que me enteré que está a cinco kilómetros de distancia de donde vivo.

Aprovecho para compartir también unas fotos de la Pascua de este año, donde Emma encontró sus propias fortunas. Un día para atesorar porque terminó en el mar... otra sorpresa.

BOLSA EMMA

Algodón acolchado

14 pulgadas de ancho por 10 pulgadas de alto

5 pulgadas de profundidad

Correas de 21 pulgadas

Dos bolsas interiores y una bolsa exterior