Bienvenido al mundo JE
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Llegamos el lunes 23 de diciembre a Mexicali, la tierra donde crecí y donde viven tres de mis hermanos, para pasar las fiestas decembrinas. Encontré a mi hermana Alejandra con un vientre de ocho meses de embarazo y con la certeza que sólo brinda el instinto materno de que Jorge Eduardo no llegaría ni de chiste a mediados de enero, como estaba contemplado. Ya no dormía absolutamente nada, estaba muy incómoda y lo que más le preocupaba era que ya no sentía que el bebé se moviera lo suficiente.    

Ese mismo día la acompañé al ginecólogo por la tarde para que nos diera su opinión. El doctor nos dijo que había un problema con la placenta y que el niño debía nacer cuanto antes. “Yo con mucho gusto le hago mañana mismo la cesárea, pero no quiero echarle a perder su 24, entonces nos vemos el 25 a las nueve de la mañana”. ¿Qué? ¿El 25? ¿En Navidad? ¿Para que su cumpleaños pase de noche? ¿Tres semanas antes de que se cumplan las 40 semanas? ¿No podemos darle chanza a que el bebé decida cuándo quiere nacer? ¿Y el parto humanizado? Se me agolpaba el torrente de éstas y otras preguntas en silencio hasta que mi hermana dijo en voz alta “Muy bien doctor, nos vemos ese día” y me acordé que ella era la madre y que yo era la tía… así que dejé de preguntarme y pasé derechito a brincar de gusto porque en dos días iba a conocer al hombrecito de mis días.

“¿Qué? ¿Pasado mañana? ¿El 25? ¿Tres semanas antes?”, preguntó mi cuñado Jorge cuando llegamos a su casa y les dimos la noticia. “Mamá, el 25 nadie va a ir a sus piñatas”, dijo el hermano mayor Carlos Alejandro. “Jajaja. Y le ponemos Jorge Noel”, se limitó a comentar David. “Ajá, el 25 a las nueve de la mañana nos vamos al hospital”, les contestó a todos mi hermana, como recordándoles quién era la madre, quién traía 20 kilos encima, quién llevaba una semana sin dormir y quién debía estornudar con prudencia para no causar accidentes.

Al día siguiente celebramos todos juntos nuestro 24 de diciembre, con la cena y la familia reunida, la última noche en que mi hermana estaría embarazada. En el rostro se le dibujaba el regocijo y la dicha, no paraba de sonreír y se le veía plena a pesar de su cansancio y nerviosismo. Se despidió muy temprano porque a la mañana siguiente tenía una cita importante y quería dormir bien, si es que eso era posible. Y aunque realmente no lo fue y Alejandra y Jorge se levantaron y se subieron al carro a las ocho y media con la certeza de que la palabra descanso cambiaría de sentido durante los próximos meses, escuchar el llanto de su hijo por primera vez, contarle los diez dedos de manos y pies, preguntarle al médico si está sano, sentir su tiernísima piel en sus labios ansiosos y soltar el cuerpo agradeciendo que un sueño más estaba cristalizado fue mucho más grande que el cansancio de los últimos días y de los que estaban por venir. Como siempre sucede a los padres, quienes terminan por olvidar los sacrificios cuando ven a un hijo caminar por primera vez, graduándose de una carrera o encontrando el amor.

Y así nos pasará a nosotros, todos los que fuimos a conocerlo con el estrés de que todo estuviera bien a pesar de que nació prematuro. No nos acordaremos tanto de los nervios como de la imagen de su cuerpecito rosado a través de la persiana de los cuneros, la de mi cuñado vestido de azul y tapabocas tomando millones de fotos a su Jorge Eduardo y luego tomándonos fotos a todos nosotros a través del vidrio, la de las sonrisas de oreja a oreja de los tíos, primos y abuelos del recién llegado, la de mi hermana estirando los brazos para abrazarlo por primera vez. Porque así sucede siempre, porque las buenas memorias permanecen. Y los hijos vienen precisamente a eso, a construir buenas memorias.

Mi Jorge Eduardo, tan diminuto y ya te traigo tatuado en el alma, ya te veo aunque no estés presente, ya te extraño como si te conociera de toda la vida. Nada más con tenerte entre los brazos reconozco lo que es el júbilo sin reservas, lo que es rendirse al amor. Veo magia en tus ojos curiosos y me alborozo con tu aroma a inocencia. Entonces me acuerdo de que 16 años atrás abracé así a tu hermano mayor, a mi Calonchín, a quien todavía le digo “niño” cuando le pregunto a tu madre por él. Yo era muy joven y jamás había cargado a un recién nacido y ahora imagino que cuando te cargo a ti los abrazo a los dos, como lo hace mi hermana, con más madurez, con más confianza y sosiego. Lo veo a él y a ti y me hincho de orgullo de tener una hermana-madre, con corazón suficiente para un adolescente y un recién nacido y todo lo que venga con ello.

Reitero que las tías no estamos para preguntar sino para condescender. Y por qué no, para regalar una cuilta hecha a mano.

TU ABUELO METIÉNDOLE TURBO A LA COBIJITA PORQUE LLEGASTE ANTES DE LO ESPERADO:

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LA NOCHE ANTES DE TU LLEGADA:

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A TRAVÉS DEL CRISTAL:

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Y CASI DOS MESES DESPUÉS:

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