photo (78) My Pumpkin llegó a Tecate en pañales y aquí fue donde empezó a florecer. En Monterrey encontré el amor por la costura, hice mis primeras bolsas y mandiles, construí mi blog y empecé a escribir, pero aquí fue donde mi sueño empezó a tomar forma. En esta pequeña ciudad que nos acogió con la delicadeza con la que se recibe a un recién nacido me encontré en un día lluvioso frente a la cabaña de Fressia Ochs, a donde me llevó Martha, la esposa de mi papá, para tomar un curso de quilting. Y ahí, varios años después de haberme imaginado una colchita hecha por mis propias manos, ésta comenzó a asomarse a la realidad. 

En casa de Fressia en Rancho Alpino, a las afueras de Tecate, donde cultiva duraznos, peras, manzanas y berries, prepara conservas y mermeladas y comparte con su hija el gusto por la costura, tal como lo compartió con su madre y su abuela, conocí también a las mujeres que me han contagiado de su amor a la naturaleza, a las cosas hechas en casa, a la buena comida y al compartir entre nosotras todo aquello que nos apasiona. La mayoría de ellas vive en el campo, algunas solas y otras acompañadas, pero todas en contacto directo con la tierra, haciendo vino, cosechando lo que luego llevan a vender a los mercaditos orgánicos o trayendo a su cocina los productos locales para nutrir a sus familias.

Después de mucho de no reunirnos todas para coser, ayer fuimos convocadas a casa de Zella Ibáñez, una estadounidense maravillosa y tan enamorada de nuestro país que convirtió su casa en una verdadera hacienda mexicana tan llena de detalles que no alcanzo a verlos todos cada vez que voy y en cada visita me admiro de algo nuevo. Jared, Zella, Vivianne, Marichu, Violeta, Bertha, Lily, Doris y yo llegamos a las 10 de la mañana para aprender con Fressia a coser una funda para tetera utilizando las técnicas del apliqué y el quilting.

Pero siempre que me reúno con estas mujeres aprendo mucho más que consejos de costura. Siempre me quedo con el corazón hinchado y el espíritu muy bien nutrido. Gozo estar con ellas porque recuerdo cuáles son las cosas más importantes de la vida, entre ellas la solidaridad, la amistad, los pequeños detalles y el tiempo para dedicarnos a lo que más nos gusta. Eso sí, no sólo me alimento el espíritu, también el estomaguito, porque siempre comemos como reinas, desde una sencilla sopa de verduras o una ensalada con frijol, hasta los majestuosos chiles en nogada con los que Zella nos sorprendió en esta ocasión en su casa en Rancho Tecate.

Y ya pletórica de dicha en cuerpo y alma, llegué a mi casa con la fundita que David me chuleó, Emma se puso como sombrero y terminó cubriendo la tetera de mi cocina, mientras yo sonreía y confirmaba una vez más que no hace falta más que un detalle pequeño para hacer la vida más bella.

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