Adoro cumplir años, pero confieso que los múltiplos de cinco sí me dan un poco de comezón. La razón, como en muchísimas otras cuestiones, no la sé; pero si la cifra cumpleañera incluye un cinco o un cero, sí me sume en una reflexión aún más profunda que un simple dos, seis o nueve. Hace diez días cumplí 35 y de tanta cavilación ya tenía muy abandonado el blog. Así se las pongo: ya casi llego al final del renglón y me sigue picando el "35" jajajaja. Ok ya. La cosa es que si me pongo arrogante, acabo de cumplir la edad en que a uno le caen los veintes, de la madurez y los ídolos caídos, la edad en la que la experiencia va tomando forma, la edad en la que van perdiendo importancia las cosas mundanas y la van cobrando las espirituales, la edad en la que el rumbo se ve más claro... pero si me pongo honesta, llegué a mis 35 con el mismo saco de dudas sobre la espalda. Es cierto que algunas ya las respondí (o al menos eso creo), pero otras nuevas vinieron a reemplazar a las obsoletas.

El día que cumplí los 35, mi hija de 5 (comezón) recién cumplidos se aventó de una tirolesa por primera vez. Se tiró nueve veces y la última se cayó, así que no quiso una onceava a pesar de las porras que le echamos su papá y yo para que se animara a intentarlo otra vez. En la noche, cuando agradecimos a Dios por todos los regalos del día, Emma me dijo que estaba triste porque se cayó de la tirolesa y se lastimó la rodilla. Le pregunté cuántas veces se había aventado en el juego y me contestó que diez. "¿Y cuántas veces te caíste Emma?". "Una". "¿Entonces cuántas veces no te caíste?" "Nueve", me contestó cuando le mostré los nueve dedos para que los contara, porque la cosa de la resta todavía no es lo suyo lo suyo. "Entonces por qué no nos acordamos mejor de esas nueve veces en que te divertiste muchísimo. Puedes acordarte de cuando te caíste para ver cómo lo puedes hacer mejor, pero no sólo para sufrir por eso".

Y así, como en otras muchas ocasiones en las que pareciera que las palabras que le digo a mi hija rebotan en sus oídos para luego colarse por los míos, me di cuenta que quiero acordarme (y de paso agradecer) de los millones de momentos en que me he divertido en estos casi trece mil días de vida en lugar de lamentarme por aquellos en los que me he caído.

Amanecí el 17 de junio del 2012 con 35 años de vida y salud, de metas alcanzadas y metas por cumplir, de abrazos postergados y otros bien dados y apretujados, de amigos que se fueron con la infancia y otros que se han reído de la distancia, de canciones sanadoras, de llantos purificadores, de conos de nieve consoladores. Tengo 35 años de verme en el espejo y amarme u odiarme, de victimizarme o empoderarme, de reírme o soltar el llanto, de esconderme o desenmascararme… pero siempre de encontrarme ahí: con ojeras, sin un peinado decente, con rímel, sin canas, con la hinchazón del recién levantado, sin el pelo largo, con patas de gallo, sin aretes, con lipstick rojo, sin una gota de maquillaje o con una tonelada de él porque no me lavé la cara la noche anterior, pero siempre de encontrarme ahí, fiel al fenómeno del reflejo. Y agradezco el poder reconocerme en éste y otros espejos, algunos luminosos y otros sombríos, pero lo más importante (creo): siempre en aumento.

Amanecí con los 35 en un par de piernas que quieren correr más, en un alma que se muere por aprender más, en un par de manos que desean acariciar más, en un par de ojos que están rogando encontrarse con más olas rompiendo en una roca, más parejas de ancianos caminando tomados de la mano, más lunas que te obligan a sacar un cámara, más ventanales salpicados de lluvia, más muffins de plátano inflándose en el horno, más libros de cocina en una estantería de madera vieja. Creí que los 35 me sorprenderían con la energía gastada, pero ahora entiendo mejor que nunca aquello de que la edad se lleva en la mente, y en mi mente yo llevo un deseo que rebasa a los múltiplos de cinco.

Amanecí rodeada de amor el 17 de junio, en casa de unos amigos que queremos muchísimo (Fer y Sisy) y al lado de mis amores David y Emma. Sisy escondió un pastel en la noche en el refri para que fuera sorpresa en la mañana. David me compró un par de velas que volteó a la hora de poner en el pastel, así que en la foto se ve que cumplo 32, y me dio el primer abrazo del día. Fer inmortalizó el momento y nos mandó estas maravillosas fotos y Emma me ayudó a pedir un deseo. ¿Que ya no se puede pedir más? Estoy de acuerdo, así que, sin temor a echarle la sal a mi deseo cumpleañero, les confieso que lo único que pedí fue seguir viendo más de esto todos los días.